Hang in there




Los Sim­psons, tem­po­ra­da 8, epi­so­dio 11: “El tur­bio y os­cu­ro mundo de Marge Sim­pson” (no fue el único epi­so­dio en el que apa­re­ció el poster).
Bue­nos Aires, Flo­res­ta, ba­rre­ra de Joa­quín V. Gon­zá­lez, 24-10-2007 (de­ta­lle)

«Los mu­chos años lo ha­bían re­du­ci­do y pu­li­do como las aguas a una pie­dra o las ge­ne­ra­cio­nes de los hom­bres a una sen­ten­cia.» De los cuen­tos “El Sur” y “El hom­bre en el um­bral”, de Jorge Luis Bor­ges.

Las va­ria­cio­nes en pugna

En el pro­ce­so de esa pu­li­da (que está al ser­vi­cio de una es­cul­pi­da) ha­brán com­pe­ti­do dos o más ver­sio­nes de la sen­ten­cia, antes de que una o pocas pre­va­le­cie­ran (o sea, antes de que fue­ran trans­mi­ti­das de ge­ne­ra­ción en ge­ne­ra­ción mejor que las otras). Sal­van­do las dis­tan­cias, algo si­mi­lar ocu­rre tal vez con el afi­che del gato y el ob­je­ti­vo de re­sis­tir, de aguan­tar ahí.
Es ex­tra­ño que las va­ria­cio­nes de una idea pue­dan dia­lo­gar o, al menos, en­ca­de­nar­se:
–Hang in there, baby!
–Lord, help me hang in there.
En el pri­mer pós­ter se le habla a un gato, al que se le da un con­se­jo y un alien­to; en el se­gun­do, habla el gato, que di­ri­ge una ple­ga­ria. El giro pi­vo­tea sobre los ape­la­ti­vos: se pasa de uno in­for­mal y ca­ri­ño­sa­men­te cer­cano a uno ri­tual y res­pe­tuo­sa­men­te dis­tan­cia­do, for­ja­do en la me­tá­fo­ra del sier­vo y su amo.
Al mar­gen de que ahora con­vi­van las dos va­rian­tes, ¿ha­bre­mos pa­sa­do del alien­to al que re­sis­te a la ple­ga­ria del que re­sis­te, o al revés? Y si en un fu­tu­ro la va­rian­te más an­ti­gua des­a­pa­re­ce, deja de trans­mi­tir­se, ¿ha­bre­mos pa­sa­do de una re­sis­ten­cia más es­pe­ran­za­da a una menos, o al revés? ¿No está más solo el que le di­ri­ge un ruego al poder su­pre­mo que goza de su fe –lo que es un re­cur­so de úl­ti­ma ins­tan­cia– que el que es­cu­cha una voz afec­tuo­sa que lo apoya y le da ánimo? ¿Cuál de las dos si­tua­cio­nes ya es­ta­ba cuan­do apa­re­ció la otra? Aun­que la co­exis­ten­cia las man­ten­ga en un em­pa­te, ¿cuál desa­fió y cuál fue desa­fia­da? ¿La no­ve­dad fue esa hu­mil­dad su­pli­can­te, esa de­pen­den­cia en­tre­ga­da, o fue ese apoyo y con­fian­za hacia las pro­pias fuer­zas del gato?
Como ver­dad de Pe­ro­gru­llo, la pró­xi­ma no­ve­dad en la his­to­ria de la sen­ten­cia es­cul­pi­da por ge­ne­ra­cio­nes, si no ter­mi­na ahí, va a ser el desuso y ol­vi­do de una de las dos va­rian­tes o la in­tro­duc­ción de una ter­ce­ra.

Lo he­roi­co y lo glo­rio­so

1.

En el án­gu­lo su­pe­rior de­re­cho del afi­che se lee esto.

La ex­pec­ta­ti­va in­me­dia­ta no es de me­jo­ría si el con­se­jo y el ruego son de re­sis­ten­cia, donde el ob­je­ti­vo es con­ser­var la po­si­ción o el es­ta­do hasta su­perar el ase­dio. Col­gar de una soga es no te­ner­la fácil ya a la corta, con in­mi­nen­cia. Mucho más lento es el tiem­po que se toma la per­sis­ten­cia del agua para ven­cer la casi pa­re­ja re­sis­ten­cia de la roca y es­cul­pir­la. Cuan­to menor sea la de­sigual­dad de ese casi, mayor será la du­ra­ción de la pul­sea­da (que en el lí­mi­te y el ab­sur­do de esa dis­mi­nu­ción, en la igual­dad entre la per­sis­ten­cia del ase­dio y la re­sis­ten­cia del ase­dia­do, se hace in­fi­ni­ta, se eter­ni­za con la per­pe­tua­ción de un equi­li­brio re­sis­ten­te y per­sis­ten­te a la vez).
En pla­zos más bre­ves, con even­tos más ur­gen­tes, cuan­to mayor es la des­ven­ta­ja para evi­tar em­peo­rar, más he­roi­ca es esa lucha y sus lo­gros (aun en caso de que as­pi­rar a frus­trar un cam­bio –estar a la de­fen­si­va– sea o pa­rez­ca menos me­ri­to­rio que as­pi­rar a ge­ne­rar uno –tener la ini­cia­ti­va–, es­pe­cial­men­te en con­di­cio­nes in­có­mo­das). Lo he­roi­co se forma en esa dis­tan­cia entre los me­dios y los fines, entre la po­si­bi­li­dad desea­da y la im­pro­ba­bi­li­dad que la aleja con­tra­rre­loj. El héroe de una épica es el que con­su­ma la ha­za­ña de zan­jar esa bre­cha, o más pre­ci­sa­men­te cier­to tipo de bre­cha.
Es cier­to que el fin de evi­tar un es­ta­do o una si­tua­ción no desea­dos puede estar a la misma y ti­tá­ni­ca dis­tan­cia del medio ade­cua­do que el fin de con­quis­tar un es­ta­do o una si­tua­ción desea­dos. Pero la em­pa­tía con al­guien que pro­cu­ra zafar de un pe­li­gro en el que no nos gus­ta­ría estar es mayor a la que sen­ti­mos por al­guien de igua­les me­re­ci­mien­tos que in­ten­ta in­cre­men­tar en igual pro­por­ción su suer­te ya buena. So­bre­po­ner­se a una des­ven­ta­ja entre gran­de y enor­me es he­roi­co, sea o no glo­rio­so; con­quis­tar lim­pia­men­te una ven­ta­ja igual de le­ja­na es sólo glo­rio­so (salvo que –por ejem­plo– se lo haya hecho en un plazo entre im­pro­ba­ble e im­pro­ba­bi­lí­si­mo, lo que le daría al­gu­na he­roi­ci­dad ha­za­ño­sa a la ob­ten­ción de esa glo­ria).
A cier­ta al­tu­ra, la di­fi­cul­tad es una ilu­sión irre­sis­ti­ble de im­po­si­bi­li­dad, y en­ton­ces el héroe pasa por ven­ce­dor de un im­po­si­ble. Como se ve en el afi­che de moda que hoy tal vez ocupe el lugar que el pós­ter del gato tuvo en los 70, el vo­lun­ta­ris­mo des­afo­ra­do va más lejos: de­nun­cia el ca­rác­ter ilu­so­rio de toda im­po­si­bi­li­dad y la mo­ti­va­ción pe­re­zo­sa de aco­mo­dar­se en esa ilu­sión y usar­la como pre­tex­to para desis­tir o no in­ten­tar. En ese acto de fe, héroe puede –y debe– ser cual­quie­ra que la tenga di­fí­cil, no ha­bien­do nadie que la tenga im­po­si­ble (“Lo im­po­si­ble sólo tarda más”, decía tam­bién una  Tam­bién dis­po­ni­ble en re­me­rapin­ta­da que leí en Flo­res­ta).
Acaso la me­di­da de esa exa­ge­ra­ción vo­lun­ta­ris­ta la dé la cir­cuns­tan­cia de que es el con­tra­pe­so del fa­ci­lis­mo que en pa­ra­le­lo pro­mue­ve esa misma cul­tu­ra (el es­pí­ri­tu o clima de época, según se pre­fie­ra la me­tá­fo­ra mís­ti­ca o la me­teo­ro­ló­gi­ca). Peso y con­tra­pe­so al menos una vez com­par­tie­ron un pe­rí­me­tro: en pre­sun­to apoyo aními­co, a re­pre­sen­tan­tes olím­pi­cos de los que no se es­pe­ra mucho se les da como meta el es­for­zar­se; a clien­tes de los que se es­pe­ra un buen con­su­mo se les pro­me­te la ven­ta­ja de aho­rrar es­fuer­zo:



Sea en el es­ti­lo re­sis­ten­te del gato o en el es­ti­lo in­sis­ti­dor y com­ba­ti­vo de Clay, lo pro­pio del héroe es con­ver­tir la al­tu­ra de la di­fi­cul­tad que ame­na­za ani­qui­lar­lo en la del pe­des­tal que lo exal­ta e in­mor­ta­li­za –si­quie­ra por el ins­tan­te (y como pro­yec­ción de la in­ten­si­dad) de su triun­fo.

2.



Un tro­feo es un pre­mio, no una mer­can­cía; un tro­feo es el tes­ti­mo­nio de una glo­ria única, sin­gu­lar, el pre­mio a una di­fe­ren­cia triun­fan­te.
Estos son pre­ci­sa­men­te los dos ras­gos que no tiene la ex­hi­bi­ción co­mer­cial de tro­feos pro­du­ci­dos en serie y ex­hi­bi­dos en for­ma­ción. Son tro­feos aún va­cíos, mu­ñe­cos fa­bri­ca­dos que to­da­vía no fue­ron ani­ma­dos por la asig­na­ción de ser el pre­mio de algún logro. Están en una vi­drie­ra, to­da­vía no en una vi­tri­na.

3.




Queda algo por decir sobre la di­fe­ren­cia en la que se forma el héroe y sobre la tras­cen­den­cia que lo mo­ti­va a su­perar­la, a lo que pri­me­ro lo mueve el deseo de so­bre­vi­vir, de per­du­rar (cada in­di­vi­duo, ex­cep­to el ca­bal­men­te ab­ne­ga­do, asume el im­pul­so que sin ex­cep­ción tiene la es­pe­cie de la que par­ti­ci­pa –no hay es­pe­cies ab­ne­ga­das, no hay ex­tin­cio­nes sa­cri­fi­ca­das).
Sobre el pri­mer punto, hay que decir que hay otras im­pro­ba­bi­li­da­des vic­to­rio­sas, ade­más de las he­roi­cas. Lo he­roi­co no es, su­fi­cien­te­men­te, téc­ni­co o es­truc­tu­ral, sino tam­bién po­lí­ti­co, tam­bién ético: no sólo hay una di­fe­ren­cia gran­de a su­perar, sino que esa di­fe­ren­cia in­ter­pe­la nues­tro sen­ti­do de la jus­ti­cia y los me­re­ci­mien­tos. Lo he­roi­co suele ser un én­fa­sis de lo justo, como en las si­mul­tá­neas vic­to­rio­sas del Zorro y sus ému­los.*



6-7-8 del 1 de julio de 2010

Pero hay otras si­tua­cio­nes en las que un caso muy im­pro­ba­ble tiene lugar, y no sólo por ha­bi­li­dad: a di­fe­ren­cia de Blas con mi Seiko, fue suer­te lo que tuve cuan­do al pri­mer in­ten­to el cro­nó­me­tro de su Sporty WR30 paró en el pri­mer doble cero po­si­ble de las cen­té­si­mas de se­gun­do, ahí donde exac­ta­men­te se cum­ple el pri­mer se­gun­do y em­pie­za el si­guien­te. Y cuan­do es por ha­bi­li­dad, esa ha­bi­li­dad no es ne­ce­sa­ria­men­te vir­tuo­sa, por­que puede ser­vir a la con­cre­ción de una ha­za­ña banal, a la con­quis­ta exi­gen­te de una meta in­sig­ni­fi­can­te, con pena y sin glo­ria.
Para el ser­món laico “Im­pos­si­ble is not­hing”, el mundo donde se tie­nen por he­roi­cas las ha­za­ñas de Muham­mad Ali es más gran­de –más abar­ca­ti­vo– que el mundo donde se tie­nen por he­roi­cas las de Bill Mit­chell, que en 1994 hizo el pri­mer juego per­fec­to de Pac­man de la His­to­ria. (Más exi­gen­te aún es el Sa­lo­món del Ecle­sias­tés, que hace una única ex­cep­ción, di­vi­na, a su Va­ni­dad de va­ni­da­des, todo es va­ni­dad –sin esa ex­cep­ción no es­ta­ría en el libro ca­nó­ni­co del ex­cep­tua­do.) En la elec­ción de la ilus­tra­ción que acom­pa­ña de fondo la aren­ga, se marca un mí­ni­mo de ad­he­sión y lle­ga­da pre­ten­di­do, que es a lo que equi­va­le decir un mí­ni­mo de im­por­tan­cia. ¿No re­sul­ta­ría cuasi hu­mo­rís­ti­ca­men­te con­tras­tan­te que en lugar de Muham­mad Ali es­tu­vie­ra Bill Mit­chell acom­pa­ñan­do ese dis­cur­so (si­mi­lar en su tono y so­lem­ni­dad al que hu­mo­rís­ti­ca­men­te usa­ron en su mo­men­to unos con­duc­to­res de radio para pre­sen­tar la no­ti­cia de su proeza)? ¿No batió Bill Mit­chell tam­bién el re­cord de dis­tan­cia entre el mé­ri­to y la ba­na­li­dad del logro (com­pe­ten­cia no falta)?
Re­su­mo. El re­qui­si­to po­lí­ti­co de lo he­roi­co es la ne­ce­si­dad de sa­tis­fac­ción de nues­tro sen­ti­do de lo que es justo o me­re­ci­do que pase, de lo que no es vano ni en vano. La re­sis­ten­cia al dejar de ser dis­mi­nu­ye cuan­to menos crea­mos que es in­jus­to ese dejar de ser, como puede pa­sar­nos en una se­ni­li­dad pro­lon­ga­da y pro­gre­si­va­men­te de­cré­pi­ta, por ejem­plo. Pero no hay in­te­rrup­ción aza­ro­sa (in­mo­ti­va­da) de una vida en su ple­ni­tud o en su pro­yec­ción que no nos re­sul­te in­me­re­ci­da o ar­bi­tra­ria, sin sen­ti­do, en fin: que no nos sus­ci­te una im­po­ten­te sen­sa­ción de in­jus­ti­cia.

4.



Es­ta­ba pen­dien­te, como se­gun­do punto, el asun­to de la tras­cen­den­cia o pos­te­ri­dad, la so­bre­vi­da ima­gi­na­ria y de­fi­ni­ti­va con la que se fan­ta­sea des­can­sar fi­nal­men­te de la ca­de­na de so­bre­vi­das par­cia­les que le evi­tan a uno un final pre­ma­tu­ro. Si el as­pi­ran­te a héroe tra­ba­ja para esa tras­cen­den­cia, tra­ba­ja para un ar­tícu­lo de fe, para un efec­to que por de­fi­ni­ción no co­no­ce­rá, algo para otros aun­que sea sobre sí, como es que lo so­bre­vi­va su nom­bre, su fama o su glo­ria.
¿Cuál es el atrac­ti­vo de la in­mor­ta­li­dad, lo que nos la hace desea­ble? El in­mor­tal des­co­no­ce una preo­cu­pa­ción que aque­ja a los mor­ta­les (al menos, a los in­tere­sa­dos en no serlo): la preo­cu­pa­ción por so­bre­vi­vir. El in­mor­tal so­bre­vi­vi­rá a la con­tin­gen­cia ac­tual, por pe­li­gro­sa que sea, como ha so­bre­vi­vi­do a las an­te­rio­res y so­bre­vi­vi­rá a las pos­te­rio­res, por­que no puede no so­bre­vi­vir, por de­fi­ni­ción de lo que es no poder morir (no es un logro, es una de­fi­ni­ción de un rol ba­sa­da pre­ci­sa­men­te en una im­po­si­bi­li­dad de­fi­ni­to­ria, la in­ver­sa o el ne­ga­ti­vo de la im­po­si­bi­li­dad que de­fi­ne a un mor­tal, que es la de no poder no morir). Es el mor­tal fan­ta­sean­do no serlo, ser un so­bre­vi­vien­te no sólo de esta vez sino de todas las veces. El super-algo (hom­bre, ca­le­fón o lo que sea) es el per­pe­tuo so­bre­vi­vien­te, el que vence por igual si­tua­cio­nes fá­ci­les y todo lo ad­ver­sas que se quie­ra: “el eterno”.
Esa ilu­sión de in­mor­ta­li­dad pós­tu­ma, que para el héroe es un logro mayor, es pa­rien­te de la sus­pen­sión de la cer­ti­dum­bre de nues­tra mor­ta­li­dad, como un ol­vi­do pro­gra­má­ti­co, que para cual­quier per­so­na es una con­di­ción im­plí­ci­ta y ne­ce­sa­ria para ac­tuar, en lugar de no hacer nada. (El final que debe des­aten­der­se para ac­tuar, a pesar de ha­cer­lo en una pen­dien­te res­ba­la­di­za que lo tiene por des­tino inexo­ra­ble, tiene que ser un final no desea­do; puede ser el de la vida, pero tam­bién, aun sal­van­do las dis­tan­cias –en la di­rec­ción que se pre­fie­ra–, el final de la ju­ven­tud, el de una re­la­ción amo­ro­sa o el de unas va­ca­cio­nes.) Análo­ga a la sus­pen­sión de la in­cre­du­li­dad que hace po­si­ble la acep­ta­ción y la ex­pe­rien­cia de las ilu­sio­nes ar­tís­ti­cas (según un Co­lo­ri­ge re­cor­da­do por Bor­ges), aque­lla sus­pen­sión des­pla­za lo in­to­le­ra­ble en sí de la muer­te se­gu­ra pero aún des­co­no­ci­da a su in­mi­nen­cia no desea­da, a su cuen­ta re­gre­si­va re­sis­ti­da, ahí pre­ci­sa­men­te donde la sus­pen­sión se le­van­ta y la muer­te pier­de abs­trac­ción.
Acaso por­que es la ex­cep­ción y una ra­re­za desea­ble o bien va­lo­ra­da, el hecho de que un nom­bre so­bre­vi­va, que el in­di­vi­duo que se dis­cier­ne con ese nom­bre tras­cien­da a su muer­te en su fama o en su glo­ria, es algo que no deja de re­gis­trar­se ni de po­ner­se en cir­cu­la­ción (se lo use o no ade­más como pro­pa­gan­da de va­lo­res e idea­les cul­tu­ra­les). Ese su­ce­dá­neo de in­mor­ta­li­dad ejer­ce la su­fi­cien­te atrac­ción como para mo­ver­nos en su con­quis­ta (suele me­ta­fo­ri­zár­se­lo con una avi­dez: el ham­bre o la sed de glo­ria). No será el pre­mio mayor, pero tam­po­co es uno des­de­ña­ble. (Ade­más, mien­tras la in­mor­ta­li­dad sea inal­can­za­ble, ese sus­ti­tu­to sim­bó­li­co será de hecho el pre­mio mayor que se pueda al­can­zar en tér­mi­nos de per­ma­nen­cia y per­du­ra­ción.)

La re­sis­ten­cia


Los Sim­psons, “El tur­bio y os­cu­ro mundo de Marge Sim­pson” (tem­po­ra­da 8, epi­so­dio 11).


En las an­tí­po­das se ubica el que, en lugar de re­pe­char la pen­dien­te, está re­sis­tien­do el res­ba­lón y se des­ani­ma ante la evi­den­cia de la ca­du­ci­dad del mo­de­lo a emu­lar (“¡Qué de­pri­men­te!”, sus­pi­ra Marge: haya o no aguan­ta­do ahí el gato, lo cier­to es que las fe­chas no le dan para que aún pueda estar vivo –un caso más de elo­cuen­cia con­tex­tual con­tra­dic­to­ra). Ante el asal­to de esa evi­den­cia, en lugar de un su­ce­dá­neo de in­mor­ta­li­dad como mo­ti­va­ción para ac­tuar, como tiene el as­pi­ran­te a héroe, el me­ra­men­te re­sis­ten­te tiene una pos­ter­ga­ción del final, un afe­rrar­se a la exis­ten­cia du­ran­te el tiem­po que se pueda y desee, o sea, mien­tras no se sufra in­to­le­ra­ble­men­te (o ni se sufra ni se goce, como una pie­dra, por ejem­plo).

No hay es­fuer­zo que a la larga no sea vano, si para no serlo debe ser útil o su­fi­cien­te para anu­lar la po­si­bi­li­dad de la muer­te; es decir: no hay es­fuer­zo para eli­mi­nar del menú el cam­bio de la muer­te (la po­si­bi­li­dad de dejar de ser) que no sea tan vano como erró­neo habrá sido con­si­de­rar­lo po­si­ble y ne­ce­sa­rio. En esa pers­pec­ti­va, el fin es con todo y con todos tan in­so­bor­na­ble y com­pla­cien­te como el guar­dián de “Ante la ley” con el cam­pe­sino: “Lo acep­to para que no creas que has omi­ti­do al­gu­na cosa”. La ex­pe­rien­cia acu­mu­la­da en po­li­or­cé­ti­ca tra­sun­ta una inexo­ra­bi­li­dad com­pa­ra­ble: pa­re­ce que la His­to­ria no re­gis­tra nin­gu­na re­sis­ten­cia vic­to­rio­sa de ciu­da­des o for­ti­fi­ca­cio­nes si­tia­das.*

Algo que es­cri­bí sobre lo que dijo Do­li­na la noche del mar­tes 27 de fe­bre­ro de 1996, un día que Gis­mon­ti tocó en Bue­nos Aires:
...De­ci­dí pro­fa­nar ese clima, pre­fe­rí ser irre­ve­ren­te con esa des­gra­cia, fri­vo­li­zar su culto; pren­dí la radio y me puse a es­cu­char a Do­li­na, cosa que un rato antes había des­car­ta­do. Su char­la ini­cial (el blo­que “Re­fle­xio­nes”) me pro­du­jo una su­ges­tión po­de­ro­sa. Do­li­na habló de Ma­sa­da, la ciu­dad que pa­re­cía inex­pug­na­ble y que cayó luego de un pro­lon­ga­do sitio. Habló de la efi­ca­cia prác­ti­ca­men­te in­fa­li­ble de los ase­dios; dijo que la His­to­ria no daba no­ti­cias de una sola ciu­dad si­tia­da que no hu­bie­ra caído, más tarde o más tem­prano. Con este dato, su­pu­so la ob­je­ción de una men­ta­li­dad “prác­ti­ca”: ¿qué sen­ti­do tenía re­sis­tir, si ello sólo al­can­za­ba para pos­ter­gar la caída de la ciu­dad, no para evi­tar­la? Com­pa­ró en­ton­ces la si­tua­ción de la vida con la de una for­ta­le­za si­tia­da que no se rinde, que de­ci­de re­sis­tir (acaso –agre­go yo– por­que cree poder inau­gu­rar la his­to­ria de las ciu­da­des si­tia­das vic­to­rio­sas). En­sa­yan­do una de sus ale­go­rías, Do­li­na hizo de esa re­sis­ten­cia a un final inevi­ta­ble una ima­gen de la exis­ten­cia hu­ma­na. Jus­ti­fi­có esa lucha, la exi­mió de la va­ni­dad pese a en­fren­tar a un enemi­go in­ven­ci­ble; instó a ella, más allá de su se­gu­ra de­rro­ta. Llamé por te­lé­fono al pro­gra­ma para agra­de­cer la char­la, que sentí amis­to­sa, casi des­ti­na­da; me dio ocu­pa­do.

Con ese deseo de má­xi­ma y nin­guno de mí­ni­ma, no pesa o pesa menos que el gato re­sis­ten­te evite la muer­te ape­nas esa vez, y no de­fi­ni­ti­va­men­te; con esas ex­pec­ta­ti­vas pier­de todo valor cual­quier pos­ter­ga­ción no ili­mi­ta­da del dejar de ser. Así, la re­sis­ten­cia del gato pier­de la po­si­bi­li­dad de tener un valor pe­ren­ne ante su ca­du­ci­dad se­gu­ra, sobre la que se pro­yec­ta la ca­du­ci­dad inexo­ra­ble de la pro­pia y de toda lucha.
Pero de lo “de­pri­men­te” de esa ca­du­ci­dad se­gu­ra, Marge sale con una re­afir­ma­ción del valor oca­sio­nal de esa re­sis­ten­cia (del valer la pena de ese re­sis­tir esa vez). Marge sale de esa pe­sa­da de­pre­sión exis­ten­cial con algo tan mo­ti­va­dor como un elo­gio de Lisa a algo tan tri­vial y li­viano como los Pret­zers que hace. Con tiem­pos de di­bu­jo ani­ma­do, Marge pasa de haber bor­dea­do el aban­dono a in­sis­tir. (Más ade­lan­te, cree­rá que el éxito habrá ve­ni­do de esa per­se­ve­ran­cia, hasta que se en­te­ra­rá de que se lo fa­ci­li­tó un acuer­do con la mafia de Tony el Gordo que hizo Ho­me­ro a es­con­di­das –pa­ro­dia del fair play “Per­se­ve­ra y triun­fa­rás”.)

Como se ve, la sa­li­da de la de­pre­sión des­mo­ti­va­do­ra y clau­di­can­te es prag­má­ti­ca, in­clu­so opor­tu­nis­ta; dice algo así: “No im­por­ta que al­gu­na vez vayas a ser de­rro­ta­do; im­por­ta que no sea justo esta”. Como la vez de la de­rro­ta puede ser cual­quie­ra, como cada día puede ser el úl­ti­mo, hay quie­nes de­nun­cian que el valor del fu­tu­ro está in­fla­do y el del pre­sen­te, sub­es­ti­ma­do, em­pe­zan­do por el del más pun­tual aquí y ahora. Y en­ton­ces re­co­mien­dan que se re­duz­ca drás­ti­ca­men­te el al­can­ce de las pre­vi­sio­nes, la lon­gi­tud del fu­tu­ro, de modo que tan sólo lle­gue al día y sus par­tes (re­co­ge el día parte a parte, como se re­co­gen los fru­tos del suelo, según la eti­mo­lo­gía de carpe diem que re­cuer­do que nos con­ta­ba Prie­to –com­ple­men­to o razón del carpe diem es pre­ci­sa­men­te el me­men­to mori: “re­cuer­da que vas a morir”). A veces van más allá, y re­cla­man que el pro­yec­to no as­fi­xie a la jor­na­da o di­rec­ta­men­te que haya sólo jor­na­das que no sean de nin­gún pro­yec­to, que no val­gan por lo que con­tri­bu­yen a cons­truir en el largo plazo, sino por lo que con­si­guen gozar usu­fruc­tuan­do en el corto.
Pero la aten­ción con­cen­tra­da que mejor sirve para gozar la vida no es la que mejor sirve para pro­yec­tar­la. Para ir al tra­ba­jo, hacer citas, en­ca­rar un es­tu­dio, em­pe­zar cual­quier em­pre­sa o aven­tu­ra, etc., no se puede ac­tuar como si este fuera el úl­ti­mo día de nues­tra vida, sino como si su­pié­ra­mos que no será el úl­ti­mo. ¿Pero qué ocu­rre si sa­be­mos que sí?

La des­pe­di­da

1.

Quino, en el libro Bien, gra­cias. ¿Y usted?


“Ro­man­ce del enamo­ra­do y la muer­te”, anó­ni­mo. Can­tan María Elena Walsh y Leda Va­lla­da­res.

Sin ayuda ex­ter­na, al gato del pós­ter le es­pe­ra una caída. En una ver­sión, el gato es­pe­ra su­pli­can­do esa ayuda. En la otra, una voz en off lo insta a es­pe­rar­la re­sis­tien­do, a re­te­ner hasta en­ton­ces la es­pe­ran­za de sal­var­se (su caso no es tan grave, ya sé; el pós­ter es la exa­ge­ra­ción eu­fe­mís­ti­ca de una ver­da­de­ra tra­ge­dia: se sabe que los gatos siem­pre caen pa­ra­dos y que la al­tu­ra de una soga para col­gar ropa les es inofen­si­va). La ins­ti­ga­ción desde afue­ra y la ple­ga­ria hacia afue­ra de las dos ver­sio­nes del “Hang in there” se con­vier­ten en re­pro­che entre pares en el di­bu­jo ale­gó­ri­co de Quino.
En la otra soga que se corta, hay un des­tino que se cum­ple (en punto y eco­nó­mi­ca­men­te: en el mismo acto con que se lo in­ten­ta elu­dir, como le pasa a Edipo y, más cerca en tiem­po y tema, a la cria­da del cuen­to).*

Yai­yas­min, “La Huida (The Es­ca­pe)”
En los re­la­tos de nues­tra cul­tu­ra, lo que está fuera de nues­tras fuer­zas y po­si­bi­li­da­des cer­ca­nas se cor­po­ri­za en fuer­zas su­pe­rio­res: «Soy la muer­te, Dios me envía». La mayor ma­ni­fes­ta­ción y prue­ba de la su­pe­rio­ri­dad de esa fuer­za está en lo inexo­ra­ble de sus de­sig­nios (otra, en lo inimpu­table: a ese en­via­dor se le acep­ta una jus­ti­cia se­cre­ta, ines­cru­ta­ble, donde todos sus actos se jus­ti­fi­can). Ahí hay al­guien, un enamo­ra­do, que pier­de una pul­sea­da cuan­do no puede elu­dir su des­tino y fra­ca­sa en bur­lar a la muer­te (en este caso, es la pro­po­si­ción afir­ma­ti­va –ya un lugar común– la que suena a ne­ga­ción: “El amor es más fuer­te que la muer­te”). Vol­ve­mos a en­con­trar­nos con la po­li­or­cé­ti­ca y su saga de re­sis­ten­cias ven­ci­das, y con la muer­te atra­ve­san­do her­me­ti­ci­da­des hu­ma­nas (como des­pués irá a ha­cer­lo a un cuen­to de Poe, “La más­ca­ra de la muer­te roja”); re­ci­te­mos el diá­lo­go:
«Vi en­trar se­ño­ra muy blan­ca, / muy más que la nieve fría. /
–¿Por dónde has en­tra­do, amor? / ¿Cómo has en­tra­do, mi vida? / Las puer­tas están ce­rra­das, / ven­ta­nas y ce­lo­sías. /
–No soy el amor, aman­te. / Soy la muer­te, Dios me envía.»
Cum­pli­da la hora, «se cortó el cor­dón de seda» del enamo­ra­do y la muer­te vino a ata­jar­lo (po­dría de­cir­lo peor: pasó a bus­car­lo justo cuan­do se murió; o mejor: «la muer­te, que allí venía: / Vamos, el enamo­ra­do, / que la hora ya es cum­pli­da»). Ni el es­pa­cio ni el tiem­po fre­nan a la Muer­te, que entra donde quie­re y es muy pun­tual en sus man­da­dos; esta vo­lun­tad in­ven­ci­ble es una me­tá­fo­ra ani­mis­ta de lo inexo­ra­ble de un final. El per­so­na­je de la muer­te im­pla­ca­ble es un cum­pli­dor cabal del con­se­jo que da otro en­via­do, el espía chino al ser­vi­cio de Ale­ma­nia del cuen­to de Bor­ges “El jar­dín de sen­de­ros que se bi­fur­can”, Yu Tsun: «El eje­cu­tor de una em­pre­sa atroz debe ima­gi­nar que ya la ha cum­pli­do, debe im­po­ner­se un por­ve­nir que sea irre­vo­ca­ble como el pa­sa­do».
Pese a las ne­ga­cio­nes fan­ta­sea­das, de un enamo­ra­do no hay que es­pe­rar una vic­to­ria sobre la muer­te, sino la mejor de­rro­ta. Per­di­do por per­di­do, en lugar de po­ner­se a re­sis­tir en vano, nues­tro enamo­ra­do pri­me­ro pide más tiem­po y des­pués se apura en apro­ve­char el que le dan; sigue con ánimo de dis­fru­tar, in­clu­so apla­za­do. Tan bien lleva la de­rro­ta ante la «se­ño­ra muy blan­ca» que puede pre­sen­tár­se­la a su amada Blan­ca to­tal­men­te re­ba­ja­da (re­ver­ti­da, in­clu­so, aun si sólo es re­tó­ri­ca la re­ver­sión): «La muer­te me anda bus­can­do. / Junto a ti vida sería». He aquí otro enamo­ra­do en­vi­dia­ble.

2.


“Ni­ci­ja zeml­ja” (tí­tu­lo ori­gi­nal en bos­nio; en in­glés, “No man’s land”; en es­pa­ñol, “Tie­rra de nadie” y “El úl­ti­mo día”; Danis Ta­no­vic, 2001)

La di­fe­ren­cia entre los dos erro­res es sen­si­ble: en uno, el ex­per­to ale­mán está vivo (no acaba de per­der la vida al ele­gir su pro­fe­sión; ape­nas acaba de ju­gar­la desde el pri­mer error); en el otro, no. La ne­ce­si­dad de con­ser­var el in­vic­to le hace carne la op­ción de Ven­cer o morir (la misma que tiene una presa ante su de­pre­da­dor). Y eso tam­bién es pen­der de un hilo (ima­gino que ésta sería la ima­gen más usada para gra­fi­car su si­tua­ción).
Por su­pues­to, sobre el te­rreno el ex­per­to ale­mán pende del mismo hilo del que pende Cera, ries­go que asume en el tra­ba­jo de sal­var­lo. Pero Cera queda pen­dien­do solo, cuan­do el ex­per­to le co­mu­ni­ca al resto que no puede hacer nada y todos se re­ti­ran. Cera, que desde el mi­nu­to 30 de la pe­lí­cu­la, cuan­do lo die­ron por muer­to, yace cau­ti­vo sobre una mina an­ti­per­so­nal pues­ta para matar a quie­nes vi­nie­ran a re­ti­rar su cuer­po, sabe que en cuan­to se mueva de más ex­plo­ta­rá, como puede su­ce­der­le dor­mi­do. La úl­ti­ma es­ce­na de la pe­lí­cu­la lo mues­tra ten­di­do y em­pe­que­ñe­ci­do por la pers­pec­ti­va aérea que tam­bién lo aban­do­na, con la noche que cae y vuel­ve a hacer de esa trin­che­ra in­ter­me­dia una tie­rra de nadie. Acto se­gui­do, los cré­di­tos.
Ima­gi­ne­mos una con­ti­nua­ción de la pe­lí­cu­la hacia el final de la vida de este otro apla­za­do, en línea con el final del apla­za­do del ro­man­ce, aun­que sin su mo­vi­li­dad ni su enamo­ra­mien­to.

2.1.



Vivir hasta dor­mir: ése es el plazo más pro­ba­ble que tiene ahora Cera. Es un con­de­na­do, pero aún le tiene miedo a bor­dear un pre­ci­pi­cio pre­ci­sa­men­te por­que no ha re­nun­cia­do a la vida, o sea, por lo mismo que re­cha­za sui­ci­dar­se de una sa­cu­di­da para acor­tar la es­pe­ra.
No es ne­ce­sa­rio que aún re­ten­ga al­gu­na es­pe­ran­za de sal­var­se; tam­bién sin eso puede pre­fe­rir se­guir, y no para usar el tiem­po que le queda para su­frir que le queda poco tiem­po. No puede salir de la si­tua­ción pero sí de pen­sar zahi­res­ca­men­te en la si­tua­ción. No se mien­te, no se en­ga­ña, pero no por eso se pre­ci­pi­ta: en vez de en­tre­gar­se, logra sa­bo­rear los úl­ti­mos mo­men­tos de exis­ten­cia y de con­cien­cia mien­tras es­pe­ra; mejor dicho, re­suel­ve o le su­ce­de dis­traer­se de esa es­pe­ra y se con­cen­tra en algo que ve o es­cu­cha, o en un re­cuer­do (el de la foto a la que se afe­rra, por ejem­plo), o en una fan­ta­sía. O, su­pon­ga­mos, re­pro­du­ce en su ca­be­za “Prism”, de Keith Ja­rrett (úl­ti­mo track del disco Chan­ges).
El úl­ti­mo de sus cam­bios lo sa­ca­rá de esa in­mer­sión como un des­per­ta­dor lo sa­ca­ría del sueño, salvo que ya no exis­ti­rá para poder re­cor­dar de qué o de dónde lo sa­ca­ron. Pero habrá lo­gra­do que la muer­te, in­clu­so anun­cia­da, lo en­cuen­tre dis­fru­tan­do, “ejer­cien­do el pla­cer”. Nadie más di­fí­cil de que exis­ta, tal vez. En todo caso, no ima­gino una for­ta­le­za aními­ca y una he­roi­ci­dad pri­va­da más en­vi­dia­bles, ni un ca­lle­jón sin sa­li­da más se­reno.*

3.

Ar­gu­men­tos afi­nes al de ese post scrip­tum ima­gi­na­rio para “El úl­ti­mo día” pue­den verse en otras pe­lí­cu­las, aun­que con apla­za­dos algo más hol­ga­dos; por ejem­plo, en “Vol­ver a em­pe­zar”, de José Luis Garci, o en “Las in­va­sio­nes bár­ba­ras”, de Denys Ar­cand. Sobre ésta le co­men­té en un mail a Ge­rar­do el 7 de fe­bre­ro de 2004:

«...desde la pri­me­ra o se­gun­da es­ce­na usted se en­te­ra que uno, en su acto pós­tu­mo de co­que­te­ría, va a adel­ga­zar 21 gra­mos al final de la pe­lí­cu­la; la dieta es un cán­cer ter­mi­nal. El ar­gu­men­to, como ve, pide un drama; sabio o pí­ca­ro, el di­rec­tor nos da una co­me­dia, o casi. El des­vío no nos salva de las lá­gri­mas, pero les cam­bia el sabor: la emo­ción que me hu­me­de­ció los ojos no fue amar­ga; de haber sido un me­lo­dra­ma, ha­bría llo­ra­do de tris­te­za o de lás­ti­ma. En la ca­tar­sis que hice acá no hubo con­mi­se­ra­ción: hubo sa­tis­fac­ción, hubo or­gu­llo ajeno, in­clu­so en­vi­dia (toda la que sea po­si­ble tener en una si­tua­ción así, que es­ta­mos de acuer­do en que es inele­gi­ble). El con­de­na­do y los fa­mi­lia­res, ami­gos y ex aman­tes que lo ro­dean con­si­guen ser, cada uno a su ma­ne­ra y tam­bién el grupo que for­man, en­vi­dia­bles. Obli­ga­do a ser al­guno de los per­so­na­jes de un tran­ce análo­go, me gus­ta­ría tener la suer­te o el mé­ri­to de ser y hacer como al­guno de ellos o de in­te­grar esa co­mu­ni­dad o de ser el ri­ca­chón que la con­vo­ca y fi­nan­cia.
La razón de este efec­to (que pude com­pro­bar en otra gente que la vio) tal vez esté en que todos los per­so­na­jes par­ti­ci­pan de cier­ta dig­ni­dad épica, gra­cias a la que –sin dejar de tener y mos­trar de­bi­li­da­des hu­ma­nas o hu­ma­ni­zan­tes– con­quis­tan y re­tie­nen fe­li­ci­da­des vi­ta­les en medio de la ad­ver­si­dad, como un cac­tus el agua en medio del de­sier­to. Ser feliz en el bie­nes­tar es una más de sus co­mo­di­da­des, o puede con­fun­dir­se con una de ellas; serlo en la ad­ver­si­dad es un logro o una vir­tud de tem­pe­ra­men­to (la mez­quin­dad de las cir­cuns­tan­cias real­za la con­quis­ta y aun el mero em­pe­ño). Lejos de mí la me­lan­co­lía de hacer un elo­gio de la des­gra­cia o la va­ni­dad de hacer un elo­gio del gasto por el gasto mismo. Es es­tú­pi­do no apro­ve­char la co­rrien­te, lle­var­le la con­tra de ofi­cio. Pero una cosa es apro­ve­char su fuer­za para aho­rrar la pro­pia o para su­már­se­la, y otra cosa es re­sig­nar­nos a que sea su ca­pri­cho y no nues­tro nado el que de­ci­da para dónde vamos; no con­tra­de­cir­la por pe­re­za (rifo mi fe­li­ci­dad) o por re­sig­na­ción (me asumo fa­tal­men­te in­fe­liz) es tan es­tú­pi­do como con­tra­de­cir­la por norma. En este sen­ti­do, el me­lo­dra­ma es un gé­ne­ro de­rro­tis­ta: a cir­cuns­tan­cias ad­ver­sas, ca­rac­te­res in­fe­li­ces, que son ca­rac­te­res ven­ci­dos, obe­dien­tes de una fuer­za que la va de fa­ta­li­dad dic­ta­to­rial.
Una ló­gi­ca pa­re­ci­da da real­ce a la pe­lí­cu­la. Lo nor­mal es que una pe­lí­cu­la con el 99% de sus per­so­na­jes en­vi­dia­bles o sim­pá­ti­cos no sea buena; la ex­cep­ción que es “Las in­va­sio­nes bár­ba­ras” tiene el doble mé­ri­to de ser tal y de hacer con su ha­za­ña más per­cep­ti­ble la regla casi per­fec­ta de la que logra zafar (la ca­li­dad de una re­sis­ten­cia da la mejor me­di­da de una fuer­za).
Cual­quier pe­lí­cu­la que emo­cio­na es sos­pe­cho­sa de ases­tar gol­pes bajos. Si los tiene, la misma emo­ción que pro­du­cen o de la que se apro­ve­chan me hace a mí, su víc­ti­ma, cóm­pli­ce de ellos, y esa com­pli­ci­dad es una ce­gue­ra.»


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