Entusiasmos XIII (El Trinche)






1.

   Hoy te­ne­mos la vi­si­ta anual del hom­bre cié­na­ga in­fi­ni­ta y su ata­que de en­tu­sias­mo zam­bu­lli­da de rana, con su con­se­cuen­cia pe­que­ña tur­bu­len­cia. La­men­to decir esto en la zam­bu­lli­da aniver­sa­rio del Año XIII, pero no hay li­ber­tad de en­tu­sias­mo. Y me re­fie­ro a en­tu­sias­mos que no le hacen mal a nadie, como las fe­li­ci­da­des que San­dra le de­li­mi­ta a Car­me­lo, de 3 años, con Ge­rar­do de tes­ti­go:
Carmelo: estoy feliz pq me puse las zapas al revés / Sandra: qué bueno estar feliz, siempre hay q estar feliz si esa felicidad no le hace mal a alguien, claro / Carmelo: es como alguien que lleva una mesa de un lado y nadie la lleva del otro / Yo sólo fui testigo
   La fe­li­ci­dad de Car­me­lo es una sa­tis­fac­ción por lo hecho; está orien­ta­da al pa­sa­do del logro y al pre­sen­te de su es­ta­do (ha­ber­se pues­to –y estar con– las zapas al revés).
   Una fe­li­ci­dad ve­ci­na es una sa­tis­fac­ción por lo pre­mia­do (gra­cias a lo hecho, que pudo o no ser gra­ti­fi­can­te). Si el pre­sen­te de su es­ta­do es corto, es el fes­te­jo. Si es largo, suena la alar­ma: “No te duer­mas en los lau­re­les”; tratá de vol­ver a tener pron­to otro pa­sa­do de otro logro pre­mia­do y estar en el pre­sen­te de su fes­te­jo.
   La fe­li­ci­dad del mismo Car­me­lo ju­gan­do es una sa­tis­fac­ción por lo que está ha­cien­do y un en­tu­sias­mo por lo que va a hacer; está orien­ta­da al pre­sen­te de la ac­ción y al fu­tu­ro de su logro (estar ju­gan­do a la pe­lo­ta an­sian­do el gol y desean­do la vic­to­ria, por ejem­plo). Se trata de “su­mer­gir­se en un uni­ver­so de jue­gos y ol­vi­dar­se de todo lo que lo rodea”:

Do­cu­men­tal Dea­ling with time, Xa­vier Mar­quis, 2009

   Tam­bién hay fe­li­ci­da­des con orien­ta­ción sólo al pre­sen­te de la ac­ción (Car­me­lo re­ci­bien­do mimos de San­dra o de Ge­rar­do). Cual­quie­ra sea el tran­ce, en adul­tos puede pro­vo­car tanto el deseo no rea­lis­ta de eter­ni­zar el mo­men­to como la fan­ta­sía del “dopo mo­ri­re”, total más que esto no voy a sen­tir (pun­tos cul­mi­nan­tes no que­rien­do y que­rien­do cul­mi­nar).
   En cam­bio, la fe­li­ci­dad de un en­tu­sias­mo (orien­ta­ción Pte-Fut) pro­vo­ca el deseo no rea­lis­ta de in­vul­ne­ra­bi­li­dad (o su re­ver­so, el miedo a una muer­te cor­ta­mam­bo).
→ Blo­que de “La muer­te”
   Para lle­var una mesa se ne­ce­si­tan dos, como para bai­lar un tango. La res­pues­ta de Car­me­lo me re­cor­dó al Leo­nar­do Favio de «no se puede ser feliz en so­le­dad». Los fe­li­ces o in­fe­li­ces somos bi­chos so­cia­les; fuera de toda in­ter­ac­ción hu­ma­na somos como peces fuera del agua.
   Ade­más de in­di­vi­duos, fun­cio­nal­men­te somos a la so­cie­dad lo que las neu­ro­nas con sus si­nap­sis son a la con­cien­cia (de cada miem­bro de la so­cie­dad, por­que la cosa viene frac­tal): la base ma­te­rial de un fe­nó­meno emer­gen­te.
   El fe­nó­meno emer­gen­te que es una so­cie­dad es un es­pa­cio vir­tual en el que lu­chan por pre­va­le­cer dis­cur­sos que in­ter­pre­tan cómo es la cosa y que pres­cri­ben cómo debe ser. Una trama de dis­cur­sos que pre­va­le­ce es el sen­ti­do común; otra, el buen sen­ti­do.
   Me­dian­te ellas cada so­cie­dad desa­rro­lla nor­ma­li­da­des y nor­ma­ti­vi­da­des sobre modos de vivir o de ser feliz, y eso in­clu­ye re­pro­bar al­gu­nos modos que no le hacen mal a nadie pero que mu­chos ven como un mal ejem­plo, que ya es algo po­ten­cial­men­te pe­li­gro­so.*
Si “pe­li­gro­so” es po­ten­cial­men­te da­ñino, ¿“po­ten­cial­men­te pe­li­gro­so” viene a ser po­ten­cial­men­te po­ten­cial­men­te da­ñino?

    En nom­bre de la salud so­cial sos­tie­nen que esa es una falsa fe­li­ci­dad y un error que in­du­ce a error a los demás y que por eso debe ser co­rre­gi­do, en pre­ven­ción de epi­de­mias. Y hay que con­tar y vi­ra­li­zar la co­rrec­ción para que todos sepan qué evi­tar, con qué pie­dra no tro­pe­zar. O para que, si ocu­rre, sea un hecho ais­la­do y no pueda ha­cer­se cos­tum­bre (un ob­je­ti­vo moral, como se ve).
   Son fá­bu­las que ponen un mal ejem­plo y sacan una mo­ra­le­ja que re­ma­ta con un con­se­jo, im­plí­ci­to o ex­pli­ci­ta­do: No seas así. Si esas mo­ra­le­jas son sin­ce­ras, la cru­za­da vi­ra­li­za­do­ra se au­to­per­ci­be como una de esas fotos con un bi­lle­te falso y otro legal que se ex­hi­ben para avi­var­nos.
   Pero si lo veo con los len­tes de la lucha sim­bó­li­ca por de­fi­nir qué es un modo (le­gí­ti­mo, vá­li­do) y qué no, la vi­ra­li­za­ción del cuen­to de la co­rrec­ción de un error es alec­cio­na­do­ra, ade­más de pro­mo­cio­nal (di­sua­de y per­sua­de: re­cha­zá con asco esto y abra­zá con pa­sión esto otro). El mismo fin y efec­to tiene un des­fi­le de ven­ci­dos (al suyo, el rey persa Cam­bi­ses le sumó otros dos fines: poner a prue­ba al de­rro­ta­do rey egip­cio Psa­mé­ni­to y cas­ti­gar la ma­tan­za li­sér­gi­ca de una de­le­ga­ción ne­go­cia­do­ra).
   Lo más alec­cio­na­dor es que sea una au­to­co­rrec­ción y, si es po­si­ble, pro­lo­ga­da por un arre­pen­ti­mien­to pre­ce­di­do por una ren­di­ción ante los modos nor­ma­les. Si no hay tal ren­di­ción y arre­pen­ti­mien­to, el bando rival los in­ven­ta, los narra igual, los hace tema de un re­la­to que dice que es así lo que es­pe­ra y quie­re que sea así, que da por hecho lo que le gus­ta­ría lo­grar o que su­ce­da.

2.

   Es el caso del modo Bor­ges. A los 81 dice que a los 30 no se daba cuen­ta de que «leer es una forma de vivir tam­bién», algo que Var­gas Llosa se re­sis­te a creer y como re­pre­gun­ta le arma una con­fe­sión para que la firme:
   Esa nos­tal­gia de cosas no he­chas es el tema del poema “Ins­tan­tes”. No hay des­men­ti­da que pueda evi­tar que vuel­van a atri­buír­se­lo a Bor­ges, que ahí con­fie­sa lo que a Var­gas Llosa le niega y mu­chos pien­san.
   El autor au­to­bio­grá­fi­co de “Ins­tan­tes” no es el in­di­vi­duo Jorge Luis Bor­ges; es el per­so­na­je Bor­ges que una co­rrien­te so­cial com­po­ne a par­tir de cómo lee vida (no obra) del real, que de real tam­po­co tiene mucho (cual­quier bio­gra­fía es otro re­la­to –no im­por­ta si es la más veraz). Hablé de este caso en “El autor de un poema ajeno”.

3.

   Hoy me in­tere­sa el caso de Tomás Fe­li­pe Car­lo­vich, el Trin­che, a veces des­crip­to como «el Ma­ra­do­na que no fue» o
EL MARADONA INVISIBLE
   De­je­mos que un bió­gra­fo suyo nos lo pre­sen­te en menos de 1 mi­nu­to:

Pre­sen­ta­ción de Trin­che (Pla­ne­ta, 2019), de A. Ca­ra­va­rio

   Sólo quien al­can­zó el rango de crack es ad­mi­ra­do por ri­va­les con si­mi­lar pro­fun­di­dad que por com­pa­ñe­ros. Le pasó al Diego y tam­bién al Trin­che, como cuen­ta el ex de­fen­sor Víc­tor Bot­ta­niz:
“Car­lo­vich: el mito vi­vien­te”, Aye­lén Pujol, El Grá­fi­co, 2013.

   El resto de su vida le pre­gun­ta­rán si no se arre­pin­tió de esa pre­fe­ren­cia. Pero antes de ir ahí, ha­gá­mo­nos una mejor idea del ta­len­to que tenía el Trin­che. Em­pe­ce­mos por una pe­que­ña mues­tra de “la una­ni­mi­dad que exis­te en cuan­to a su ca­pa­ci­dad”, con los tes­ti­mo­nios de ex com­pa­ñe­ros, exi­to­sos en­tre­na­do­res que fue­ron fut­bo­lis­tas (dos de ellos, de la Se­lec­ción Na­cio­nal) y un actor car­lo­vi­chis­ta:

In­for­me Ro­bin­son, La le­yen­da del Trin­che (Canal+, 2011)

   Del juego del Trin­che casi no hay vi­deos. Sólo hay re­la­tos, pero con esa una­ni­mi­dad exal­ta­da que con­ven­ce tanto o más que unas imá­ge­nes en mo­vi­mien­to. Mu­chos tes­ti­mo­nios ha­blan de una ha­bi­li­dad inima­gi­na­ble, que si la vié­ra­mos en vivo o por video di­ría­mos que es in­des­crip­ti­ble. No cual­quier ha­bi­li­dad sus­ci­ta un grado tan alto de in­tra­duc­ti­bi­li­dad entre pa­la­bras e imá­ge­nes.

In­for­me Ro­bin­son, La le­yen­da del Trin­che (Canal+, 2011)

   Una no­ve­dad es vi­si­ble (o asi­mi­la­ble) si es apro­xi­ma­ble a algo co­no­ci­do. A qué y por cuán­to (di­rec­ción e in­ten­si­dad) es lo que dis­tin­gue a un fut­bo­lis­ta de otro, por ejem­plo. El Trin­che es único e in­com­pa­ra­ble no por su pa­ter­ni­dad del caño doble o al­gu­na otra ori­gi­na­li­dad re­cién es­tre­na­da, sino por su mez­cla de modos o es­ti­los tan fun­cio­nal y efi­caz, y en­ci­ma ele­gan­te. Com­par­ten la frase el Mono Ob­ber­ti y el Cai Aimar: “No hay con quién com­pa­rar­lo por­que tenía cosas pa­re­ci­das de uno, de otro, de otro, de otro, y todo eso que reunía lo hacía ese ju­ga­dor raro“.

2 co­ne­jos, 11 bo­tá­ni­cos y 1 gato, René. Foto de Ger­mán.

   No sólo es qué reunía, sino cómo. La re­ce­ta de un gin no se ave­ri­gua co­no­cien­do sus once bo­tá­ni­cos y des­co­no­cien­do en qué pro­por­cio­nes y cómo se usa­ron, entre otras cosas. Análo­ga­men­te, a la mez­cla Trin­che no se la des­ci­fra sa­bien­do los ju­ga­do­res que la com­po­nen, como Re­don­do o Ri­quel­me; falta saber cuán­to tenía de cada uno y en qué y por cuán­to se di­fe­ren­cia­ba (“To­da­vía más ele­gan­te”, por ejem­plo).

3.1

   No es raro que no haya gra­ba­cio­nes de su mejor época si pen­sa­mos que el Trin­che jugó en equi­pos de la C y la B en la dé­ca­da del 70. Pero sí es raro si pen­sa­mos que su par­ti­do le­gen­da­rio fue con­tra la Se­lec­ción Na­cio­nal, por muy 1974 que fuera:

In­for­me Ro­bin­son, La le­yen­da del Trin­che (Canal+, 2011)

   Ade­más de “mos­trar­le a mucha gente lo bien que ju­ga­ba al fút­bol”, al ha­cer­lo en ese par­ti­do el Trin­che mos­tró que es­ta­ba so­bre­ca­li­fi­ca­do no sólo para la C o la B, sino tam­bién para un se­lec­cio­na­do mun­dia­lis­ta (y para el Milan, cinco años des­pués, en Men­do­za). No era un tuer­to reinan­do entre cie­gos.
   De paso, tam­bién mos­tró que ju­ga­ba con las mis­mas ganas en cual­quie­ra de esos es­ce­na­rios, que bus­ca­ba ganar y gus­tar con­tra cual­quier rival y que se es­ti­mu­la­ba con mul­ti­tu­des in­ti­mi­dan­tes (lo que no me pesa me eleva):

I. Ro­bin­son (2011), fh (2007) y Fui­mos hé­roes (2012)

   Si la his­to­ria del Trin­che hu­bie­se sido el guion de una fic­ción, se­gu­ra­men­te ese par­ti­do me­mo­ra­ble ha­bría hecho que el astro de­ja­ra de ser in­vi­si­ble, se lo lle­va­ra un gran­de de la A y tu­vie­ra un as­cen­so me­teó­ri­co a la cima del fút­bol mun­dial (donde de todas for­mas lo puso Pe­ker­man cuan­do armó su equi­po ideal de todos los tiem­pos, ger­men de ese In­for­me Ro­bin­son). Era lo es­pe­ra­ble. No fue lo que pasó:

I. Ro­bin­son (2011), Car­lo­vich en Asun­to Tango (2020)

3.2

   Con el Trin­che vol­ve­mos a la edad de los por­qué; no por nada de­ba­jo del dis­fraz de ju­ga­dor hay un «hom­bre [...] de cos­tum­bres sen­ci­llas, de alma casi in­fan­til».
   Quie­nes sí creen que con esa ca­pa­ci­dad de­be­ría haber sido un triun­fa­dor se pre­gun­tan por qué no lo fue. ¿Fue por­que él no quiso o por­que quiso pero no supo, no pudo o no se le dio? Y si es un mix, ¿de qué y cuán­to de cada?
   Entre que­rer y no que­rer hay tér­mi­nos me­dios, ma­ti­ces, una es­ca­la de gri­ses (elige tu pro­pia aven­tu­ra me­ta­fó­ri­ca II). Si hu­bie­ra un ab­so­lu­to, que­rer sería poder. Pero la vo­lun­tad, por fé­rrea que sea, es fa­li­ble: en abs­trac­to, “a veces no se da, no es por­que uno no quiso”.
   En con­cre­to, y sobre todo si las veces son mu­chas, sis­te­má­ti­cas y sin­to­má­ti­cas, puede ser ejem­plo de un matiz más cer­cano al color no que­rer que al color que­rer: decís que no tenés eso como ob­je­ti­vo pero que lo acep­ta­rías si se diera, y por de­trás ponés unas con­di­cio­nes vara alta que pa­re­cen he­chas para di­fi­cul­tar la acep­ta­ción.
   Si ahí queda algo de que­rer, es in­su­fi­cien­te para que ocu­rra eso que no es una meta, que no se per­si­gue, que tal vez ni se busca, y que se su­po­ne que se es­pe­ra pero se sos­pe­cha que a veces se es­qui­va.
   El dúo de un ta­len­to ex­tra­or­di­na­rio y una ca­rre­ra mo­des­ta se sien­te tan raro como un des­fa­se entre ima­gen y so­ni­do. La ex­pli­ca­ción que pide esa ra­re­za no la tiene fácil. Para in­ter­pre­tar la ca­rre­ra del Trin­che se pier­de la una­ni­mi­dad que había para elo­giar su ta­len­to. Vuel­ve a im­por­tar quién cuen­ta el cuen­to:

   El Trin­che “no hizo nin­gún es­fuer­zo por adap­tar­se, y por eso, ade­más de le­yen­da, es sím­bo­lo” de la re­sis­ten­cia a un cam­bio. Es el úl­ti­mo de su es­pe­cie: el úl­ti­mo re­bel­de, el úl­ti­mo ro­mán­ti­co, el úl­ti­mo lí­ri­co... Es un hí­bri­do, pero de­sigual: se com­por­ta más como ama­teur que como pro­fe­sio­nal; es un “bohe­mio”.
   A di­fe­ren­cia de Tomás Fe­li­pe Car­lo­vich (1946), Diego Ar­man­do Ma­ra­do­na (1960) le sumó el pro­fe­sio­na­lis­mo al po­tre­ro y el ham­bre de glo­ria al dis­fru­te. El Trin­che no tuvo ese deseo de con­sa­gra­ción, esa am­bi­ción, pero tam­po­co fue algo a lo que se opu­sie­ra o cri­ti­ca­ra, como sí hizo con un pilar del nuevo pro­fe­sio­na­lis­mo: la “lo­cu­ra con lo fí­si­co”. El otro pilar, la plata que se mueve en el fút­bol gran­de, no logró ten­tar­lo.
   Com­pa­re­mos. El Diego fue el pri­mer fut­bo­lis­ta del mundo en tener un pre­pa­ra­dor fí­si­co per­so­nal. Casi todos dicen que al Trin­che no le gus­ta­ba en­tre­nar; él decía que nadie es más rá­pi­do que la pe­lo­ta, y que mejor que en­tre­nar es prac­ti­car, y que mal po­dría ha­ber­se re­ti­ra­do a los 40 si no hu­bie­ra te­ni­do un buen es­ta­do fí­si­co.
   El pro­ble­ma, si había uno, no era que no le gus­ta­ba en­tre­nar al muy vago, fies­te­ro, mu­je­rie­go, bo­rra­chín y/o adic­to a la pesca; el pro­ble­ma con los en­tre­na­mien­tos es que “dejan de ser juego”, como dice en esta res­pues­ta que pu­bli­có el dia­rio Cla­rín el 25/4/1974, ocho días des­pués del par­ti­do con­tra la Se­lec­ción:
Yo tengo un tipo de juego y me preparo a conciencia para rendir. Pero no te voy a negar que me gusta hacerme la ‘rabona’. Creo que eso les pasa a todos los jugadores que sienten el fútbol como yo. Los entrenamientos dejan de ser juego.
   La prác­ti­ca, en cam­bio, es juego: es jugar mu­chos par­ti­dos por se­ma­na o por día, como venía ha­cien­do de chico (y no por apren­der algo, sino por el dis­fru­te de jugar). Me­not­ti lo dijo bien, aun­que con re­sig­na­ción: “le gus­ta­ba más jugar al fút­bol que ser pro­fe­sio­nal”.
   El Trin­che era lú­di­co (si no había juego no había pla­cer) y den­tro de lo lú­di­co era ago­nal (ju­ga­ba a ganar, sin im­por­tar el rival; no le gus­ta­ba per­der a nada). El Diego fue lú­di­co den­tro de lo ago­nal.
   Ma­ra­do­na y Car­lo­vich tam­bién están en las an­tí­po­das en la otra no­ve­dad no­to­ria del pro­fe­sio­na­lis­mo: el Diego hizo mucha plata, el Trin­che muy poca. Esta no­ve­dad mo­ti­va a la otra: la “re­vo­lu­ción de los pre­pa­ra­do­res fí­si­cos” se da por­que hay un in­cen­ti­vo eco­nó­mi­co para tener un equi­po más com­pe­ti­ti­vo, ade­más de la glo­ria de­por­ti­va: los triun­fos em­pie­zan a co­ti­zar más alto.
   El Trin­che se sus­tra­jo a la no­ve­dad eco­nó­mi­ca y se re­sis­tió a la no­ve­dad atlé­ti­ca (y tác­ti­ca, por­que tam­po­co le gus­ta­ba la marca: «No­so­tros sa­li­mos a jugar [con­tra la Se­lec­ción Na­cio­nal, ocho días atrás] sin la res­pon­sa­bi­li­dad de anu­lar a tal o cual rival»). La ca­rre­ra y la vida del Diego fue­ron ver­ti­gi­no­sas, como el agua de una cas­ca­da; las del Trin­che fue­ron como un río de lla­nu­ra.
   El pro­fe­sio­na­lis­mo en el fút­bol ar­gen­tino em­pie­za en 1931; en 1948 Al­fre­do Di Sté­fano en­ca­be­za una huel­ga de ju­ga­do­res, ac­to­res que re­cla­man un mejor re­par­to de los in­gre­sos cre­cien­tes que ge­ne­ra el es­pec­tácu­lo. Doce años más tarde el ne­go­cio cre­ció tanto que las ci­fras de suel­dos, pri­mas y pases ya son exor­bi­tan­tes para el resto de los tra­ba­ja­do­res (más exor­bi­tan­tes cuan­to menos ganen, obvio).
   La pe­lí­cu­la El crack (1960), de José Mar­tí­nez Suá­rez, re­gis­tra esa in­ci­pien­te exor­bi­tan­cia y los ne­go­cios y ne­go­cia­dos que la ali­men­tan y le hacen per­der la inocen­cia al Os­val­do, que “es como los de antes”, por­que los de ahora “están lle­nos de guita y se cui­dan las pier­nas” (ya hay nos­tal­gia de un fút­bol do­ra­do). Ese año nace el Diego y el Trin­che cum­ple 14 y está em­pe­zan­do o por em­pe­zar en las in­fe­rio­res de Ro­sa­rio Cen­tral. “Trai­gan a cual­quie­ra de Ro­sa­rio”, su­gie­re Ra­mi­ro sobre su re­em­pla­zan­te:

El crack (José A. Mar­tí­nez Suá­rez, 1960)

3.3

   El Trin­che era un out­si­der que es­ta­ba aden­tro. El pro­fe­sio­na­lis­mo que no tenía (pun­tua­li­dad, en­tre­na­mien­to y dis­ci­pli­na) no le im­pi­dió so­bre­sa­lir ju­gan­do entre pro­fe­sio­na­les. No lo re­cha­za­ron por bajo ren­di­mien­to, sino por fal­tas e in­dis­ci­pli­nas va­rias, que en clu­bes del as­cen­so pe­sa­ban menos que su ta­len­to en la can­cha. Con el Trin­che el sis­te­ma falló: no siem­pre los me­jo­res ju­ga­do­res lle­gan a la A.
   Lo no pro­fe­sio­nal tam­bién es­tu­vo en su úl­ti­mo par­ti­do con Cen­tral Cór­do­ba, una final de 1986 en Bue­nos Aires: no jugó el 1º tiem­po en cas­ti­go a que no viajó con el equi­po. Pero tam­bién es­tu­vo la ca­li­dad: entró en el 2º tiem­po y la rom­pió. Y tam­bién es­tu­vo su re­la­ción con el di­ne­ro. Final a toda or­ques­ta, bro­che de oro. Habla el DT de ese mo­men­to:

   Cen­tral Cór­do­ba fue al Trin­che lo que Cádiz fue a Má­gi­co Gon­zá­lez: el club donde com­pro­mi­sos y pre­sio­nes no lo sa­ca­ban del dis­fru­te y la di­ver­sión de jugar, como si fuera un pibe.

In­for­me Ro­bin­son, La le­yen­da del Trin­che (Canal+, 2011)

   Cen­tral Cór­do­ba fue el club donde el Trin­che en­con­tró su mejor ba­lan­ce entre dis­fru­tar y ren­dir, entre hacer lo que le gus­ta­ba y cum­plir lo que debía, aun­que no le gus­ta­ra. (En esa es­ta­mos todos, cada cual con su ba­lan­ce pro­pio, mon­ta­do en su sa­tis­fac­ción o con su in­sa­tis­fac­ción a cues­tas o ni tanto ni tan poco.) Según cuán­to cum­plas es cuán­to as­pi­res a ser un buen pro­fe­sio­nal.
   El Trin­che no as­pi­ra­ba a mucho por ese lado. No llegó, pero no por­que lo in­ten­tó y fra­ca­só, sino por­que as­pi­ró a otros ob­je­ti­vos, que al­can­zó sos­te­ni­da­men­te: dis­fru­tar de jugar al fút­bol y de estar con sus ami­gos del ba­rrio y de la in­fan­cia.
   Algo sobre el pri­mer ob­je­ti­vo. Es po­si­ble que eso de haber ju­ga­do en Cen­tral Cór­do­ba como si hu­bie­ra ju­ga­do en el Real Ma­drid sea otra ma­ne­ra de decir que ju­ga­ba siem­pre igual, “a muer­te” y di­vir­tién­do­se, desde el cam­pi­to entre ami­gos hasta el par­ti­do con­tra la Se­lec­ción en Ro­sa­rio o con­tra el Milan en Men­do­za.
   Algo sobre el se­gun­do ob­je­ti­vo. El Trin­che era muy «amigo de sus ami­gos» y «pre­fi­rió se­guir reunién­do­se con ellos [...] o en­tre­ve­rán­do­se en un “pi­ca­do” en cual­quier bal­dío, antes que so­me­ter­se ín­te­gra­men­te a las exi­gen­cias de la dis­ci­pli­na del en­tre­na­mien­to».
   Hubo una pre­fe­ren­cia y hubo una vo­lun­tad que la honró: la del “genio que tomó una de­ci­sión: la de no dejar de dis­fru­tar del juego pero apar­tar­le la mi­ra­da al com­pro­mi­so”. Sabía el valor que se le daba a eso que de­cli­nó am­bi­cio­nar: «tenía clara con­cien­cia de que se iba ale­jan­do cada vez más de la des­lum­bran­te pa­sa­re­la re­ser­va­da para el des­fi­le de los triun­fa­do­res so­la­men­te».

   El Trin­che podrá tener esos ob­je­ti­vos, pero no puede evi­tar que se los cues­tio­nen una y otra vez, en nom­bre de un sen­ti­do común triun­fa­lis­ta que em­pe­zó en su época de ju­ga­dor.
   Re­pa­se­mos. El ne­go­cio del fút­bol y la po­pu­la­ri­dad, el pres­ti­gio y la ga­nan­cia de los ga­na­do­res cre­cie­ron en­tre­la­za­dos y rá­pi­do. Ganar se vol­vió más im­por­tan­te y la res­pues­ta fue la re­vo­lu­ción de los pre­pa­ra­do­res fí­si­cos y la dis­ci­pli­na de gue­rra.
   De esa época es el “fút­bol total”, que so­bre­exi­gía fí­si­ca­men­te a los ju­ga­do­res de la Na­ran­ja Me­cá­ni­ca, el equi­po ho­lan­dés del Mun­dial 74 (el mismo que goleó 4 a 0 a la misma Se­lec­ción Ar­gen­ti­na que 2 meses y 9 días antes había per­di­do 3 a 1 con la Ro­sa­ri­na, con­du­ci­da por el Trin­che).
   Ele­gir esos ob­je­ti­vos no es como ele­gir un gusto de he­la­do, que no mo­les­ta a nadie. Es una elec­ción hecha a con­tra­mano del sen­ti­do común y los bo­ci­na­zos no se hacen es­pe­rar.

3.4

   Si Bor­ges debe arre­pen­tir­se de haber des­per­di­cia­do su vida le­yen­do y es­cri­bien­do, el Trin­che debe arre­pen­tir­se de haber des­per­di­cia­do su ta­len­to en equi­pos de la C y la B. El des­per­di­cio es el pe­ca­do com­par­ti­do por estas dos fe­li­ci­da­des cues­tio­na­das; en lo demás di­fie­ren, aun­que en algún caso de una ma­ne­ra com­ple­men­ta­ria: Bor­ges tuvo lo que al Trin­che le faltó (am­bi­ción pro­fe­sio­nal) y el Trin­che tuvo lo que a Bor­ges le faltó (una fa­mi­lia for­ma­da y más calle).
   A Bor­ges le atri­bu­ye­ron la au­to­ría de un au­to­rre­tra­to ajeno, donde se arre­pen­tía de su vida en las vís­pe­ras de de­jar­la. Al Trin­che le pre­gun­ta­ban siem­pre dos o tres cosas: 1a) si no se arre­pen­tía de no haber hecho una ca­rre­ra tan alta como su ta­len­to y 1b) de no haber ga­na­do más plata; y 2) qué haría si pu­die­ra vol­ver a jugar al fút­bol en los 70, como a quien se le da una se­gun­da opor­tu­ni­dad.
   Sin ti­tu­beos, creo que son dos cosas, la pri­me­ra doble y la se­gun­da sim­ple. La pri­me­ra in­te­rro­ga sobre un arre­pen­ti­mien­to y la se­gun­da ve­ri­fi­ca la res­pues­ta, según una cohe­ren­cia pre­vi­si­ble: si está arre­pen­ti­do, dirá que lo haría di­fe­ren­te; si no, que lo re­pe­ti­ría tal cual. Em­pe­ce­mos por una de sus res­pues­tas a 1a), ci­ta­da en la nota de El Grá­fi­co:
«Car­lo­vich siem­pre tuvo que ex­pli­car por qué no llegó a tras­cen­der: por qué se lo co­no­ce como “el Ma­ra­do­na que no fue”. “¿Qué es lle­gar? La ver­dad es que yo no tuve otra am­bi­ción más que la de jugar al fút­bol. Y, sobre todo, de no ale­jar­me mucho de mi ba­rrio, de la casa de mis vie­jos, de estar con el Vasco Ar­to­la, uno de mis me­jo­res ami­gos, que me llevó de chico a jugar en Spor­ting de Bi­gand (...)”, fue una de sus res­pues­tas.»

   Otra res­pues­ta si­mi­lar del Trin­che la cuen­ta Mar­ce­lo "Araña" Ca­lo­ge­ro, di­ri­gen­te de Cen­tral Cór­do­ba:

El úl­ti­mo re­bel­de (Nahuel López Rozas, 2014)

   Junto a la preo­cu­pa­ción por la glo­ria no al­can­za­da está la preo­cu­pa­ción por la plata no ga­na­da, que es la pre­gun­ta 1b). No era el lujo que se daba un po­ten­ta­do. Pero dis­fru­tar ju­gan­do (y sin ale­jar­se mucho de la casa donde nació) im­por­ta­ba más que ganar buena plata, aun si tenía que hacer chan­gas para com­ple­men­tar el magro sa­la­rio de un club de la C en los 70, y aun si ne­ce­si­ta­ba re­co­ger do­na­cio­nes en bi­ci­cle­ta por Ro­sa­rio en los 80 (un ade­lan­ta­do del crowd­fun­ding):

Clip hecho con re­cor­tes de acá, acá, acá y acá.

   El pe­rio­dis­ta sueña con for­tu­nas exor­bi­tan­tes; el Trin­che, con par­ti­dos en la mejor com­pa­ñía. Como dijo Me­not­ti, “le gus­ta­ba más jugar al fút­bol que ser pro­fe­sio­nal” y co­brar como el en­cum­bra­do pro­fe­sio­nal que hu­bie­ra sido. Lo que añora es con­sis­ten­te con lo que en ac­ti­vi­dad más que­ría: en su mo­men­to no buscó ganar mi­llo­nes (“aun­que po­dría haber ga­na­do lo que él que­ría”) y ahora no fan­ta­sea con los mi­llo­nes que val­dría en 2020 (fe­bre­ro); en su mo­men­to buscó di­ver­tir­se ju­gan­do a ganar y ahora fan­ta­sea con lo mismo junto al Diego.
   Fan­ta­sear es como tener un deseo sin an­siar ni es­pe­rar cum­plir­lo. Fan­ta­sea­mos por­que nos gusta ima­gi­nar­nos ahí o así; desea­mos por­que nos gus­ta­ría lle­gar ahí o así. Los de­seos se tie­nen para ser cum­pli­dos; las fan­ta­sías o en­so­ña­cio­nes, para ima­gi­nar hasta la con­fu­sión que se cum­plen de­seos im­po­si­bles, así en la vi­gi­lia como en los sue­ños, amén.
   Con el tiem­po, un deseo puede de­ve­nir fan­ta­sía; basta que se vuel­va inal­can­za­ble. A los 61 años, a 7 de haber de­ja­do de jugar, el Trin­che to­da­vía cree po­si­ble vol­ver a dis­fra­zar­se, aun­que sea 10 mi­nu­tos, y es lo que más desea:

   Desde los 65 ya no es un deseo, es una fan­ta­sía: es el mi­la­gro que ele­gi­ría, el único pe­di­do al genio de la lám­pa­ra. En pa­ra­le­lo a la fan­ta­sía de jugar con el Diego, el Trin­che tiene el deseo de co­no­cer­lo, y lo cum­ple el 14 de fe­bre­ro del 2020:

   Vol­va­mos del deseo cum­pli­do a la fan­ta­sía in­cum­pli­ble. El Trin­che cam­bia­ría los 10, 15 o 20 años que a los 68 pue­den que­dar­le de vida por 40, 45 o 50 mi­nu­tos del goce y la fe­li­ci­dad de estar ju­gan­do en una can­cha. Para él es ne­go­cio pagar con la vida el mi­la­gro que le de­vuel­va esa dicha una sola vez más (♫ Una más y no jo­de­mos más ♫).

   Entre el deseo oruga y la fan­ta­sía ma­ri­po­sa, el Trin­che lleva para en­ton­ces 14 años ex­tra­ñan­do jugar. Está ope­ra­do de la ca­de­ra y ren­guea. Su si­tua­ción lo hace re­cep­ti­vo a otra fan­ta­sía irrea­lis­ta, por la que nunca le pre­gun­ta­ron.
   Su­pon­ga­mos que, como res­pon­de­rá a la pre­gun­ta 2), el Trin­che re­pi­te su vida. Si a sus de nuevo 21 años le ofre­cie­ran el trato del cuen­to “Il giorno non res­ti­tui­to”, de Gio­van­ni Pa­pi­ni, creo que el Trin­che acep­ta­ría. Es decir, pres­ta­ría 1 año de ju­ven­tud y lo iría re­cu­pe­ran­do en 365 cuo­tas, a co­brar cuan­do él quie­ra. ¿Por qué rehu­sa­ría cor­tar cada tanto 20 años de abs­ti­nen­cia for­za­da? ¿Por qué no se daría el gusto de vol­ver a jugar con 21 años 365 veces?
   Si por 45 mi­nu­tos más fir­ma­ba que des­pués par­tía (arri­ba o abajo), ¿qué no fir­ma­ría por los par­ti­dos en­te­ros que po­dría jugar en ese mon­tón de días? Y si so­bre­vi­vie­ra a la úl­ti­ma res­ti­tu­ción de ese año de ju­ven­tud, la pena por la pér­di­da y la fan­ta­sía de re­ver­tir­la al menos em­pe­za­rían mucho más tarde de lo que em­pe­za­ron sin esa magia.

3.5

   La pre­gun­ta 2) re­for­mu­la las an­te­rio­res en una fan­ta­sía con­tra­fác­ti­ca que suele usar­se para diag­nos­ti­car sa­tis­fac­ción de vida (a.k.a. fe­li­ci­dad): ¿vol­ve­rías a vi­vir­la tal cual? Tra­du­ci­do con el sesgo win­ner/loser, la pre­gun­ta se con­vier­te en in­te­rro­ga­to­rio: ¿ha­rías lo mismo o cam­bia­rías los mo­ti­vos de arre­pen­ti­mien­to de 1a) y 1b)?; ¿re­in­ci­di­rías o te arre­pen­ti­rías y co­rre­gi­rías tu no pro­fe­sio­na­lis­mo y tu falta de am­bi­ción?
   La res­pues­ta del Trin­che es clara, y sin em­bar­go no dejan de pre­gun­tár­se­lo, como per­se­gui­do­res que no dejan a su presa. Tan clara que no es que no la en­tien­dan: es que no la acep­tan. La ven erró­nea o pro­ble­má­ti­ca o in­clu­so pa­to­ló­gi­ca, y vuel­ven a la ofer­ta de arre­pen­ti­mien­to re­den­tor, que el Trin­che vuel­ve a de­cli­nar:

Trin­che (2019), Mito, ba­rrio y gam­be­ta (2016), I. Ro­bin­son (2011)

   En la me­rien­da de locos, la Lie­bre de Marzo le dice a Ali­cia que no es lo mismo «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta». Cam­bian­do tener por hacer, el Trin­che tuvo esas dos cosas que no son lo mismo.
   La pri­me­ra: “Hizo lo que real­men­te tenía ganas de hacer; jugó por pla­cer, jugó por deseo, jugó con sus ami­gos”, dice el bió­gra­fo. “Hice las cosas que me gus­ta­ron hacer”, con­fir­ma el bio­gra­fia­do.
   La se­gun­da: vol­vien­do cual pe­lo­ta en un caño doble, “yo dis­fru­té mucho todo lo que hice”, agre­ga el Trin­che cuan­do ex­pli­ca por qué “lo vol­ve­ría a hacer” (lo opues­to a estar arre­pen­ti­do).
   No son lo mismo por­que no se im­pli­can mu­tua­men­te, pero una de las dos cosas im­pli­ca a la otra. Que te guste lo que hacés no im­pli­ca que hagas lo que te gusta, aun­que tam­po­co lo ex­clu­ya. Pero ha­cien­do lo que te gusta no puede pasar que no te guste lo que hacés. Las in­fan­cias fe­li­ces tie­nen este tipo de he­do­nis­mo cuan­do jue­gan; el Trin­che man­tu­vo el suyo hasta los 54 años, cuan­do dejó de jugar con los ve­te­ra­nos de la Se­lec­ción Ro­sa­ri­na.
   Ale­jan­dro Ca­ra­va­rio, autor de Trin­che, da 1 paso más allá del deseo del vol­ve­ría a ha­cer­lo: “Por más que hu­bie­ra que­ri­do, yo creo que no ha­bría po­di­do en­trar en ese mundo tan ajeno a él”. Menos mal que no quiso: se aho­rró una frus­tra­ción y tal vez el arre­pen­ti­mien­to de ha­ber­lo in­ten­ta­do. Ha­cien­do lo que le gus­ta­ba hacer y –por lo tanto– gus­tan­do de lo que hacía, se aho­rró un arre­pen­ti­mien­to como el que se puede en­tre­ver o ima­gi­nar en este con­se­jo que en­con­tré en un tuit ran­dom:

3.6

   Las dos fan­ta­sías del Trin­che, jugar 1 tiem­po e dopo mo­ri­re y re­pe­tir lo que hizo por­que lo dis­fru­tó mucho, dicen lo mismo: fui muy feliz ju­gan­do, tanto que daría mi vida por vol­ver a serlo, y tanto que la vol­ve­ría a vivir igual. (¿Cuán­tos po­drían decir lo mismo?) Es una fe­li­ci­dad evi­den­te, y pa­re­ce inofen­si­va; ¿por qué el Trin­che de­be­ría arre­pen­tir­se y cam­biar­la por una fe­li­ci­dad menor o por nin­gu­na?
   Haya o no una buena razón, hay una pre­sión para que lo haga. La ejer­cen quie­nes sien­ten in­có­mo­da, in­su­fi­cien­te y/o inen­vi­dia­ble esa fe­li­ci­dad. O que ni si­quie­ra la con­si­de­ran ge­nui­na (No lo sé, Rick...) o sen­sa­ta (nadie en su sano jui­cio la ele­gi­ría). Y peor cuan­do en vez de pe­no­sa la con­si­de­ran con­ta­gio­sa y la com­ba­ten. ¿Quié­nes son?
   Son una ma­yo­ría cuya meta, ideal, sueño, ilu­sión y/o am­bi­ción es tener fama, re­co­no­ci­mien­to, éxito, ser un triun­fa­dor (me­tá­fo­ra bé­li­ca an­ti­gua) y/o un win­ner (me­tá­fo­ra de­por­ti­va mo­der­na, mejor adap­ta­da a la so­cie­dad neo­li­be­ral de pos­gue­rra fría).
   Hasta en un ar­gu­men­to tan kaf­kiano como el de La ter­mi­nal (Ste­ven Spiel­berg, 2004) Ho­lly­wood se las arre­gló para con­tar por enési­ma vez la apo­teo­sis de la po­pu­la­ri­dad: el in­di­vi­duo A re­ci­be de pre­mio un en­tu­sias­ta aplau­so del resto del al­fa­be­to.
   Esos lu­mi­no­sos ob­je­tos de deseo son todos mo­ti­vos del mayor or­gu­llo, cuyo re­ver­so es la peor vergüenza: la de ser o re­sul­tar un loser, un per­de­dor, un fra­ca­sa­do, un nadie, etc. Como se ve, el juego es lu­cir­se y/o im­po­ner­se sobre el resto, ganar su acep­ta­ción, su res­pe­to, su ad­mi­ra­ción y/o su gra­ti­tud afec­tuo­sa por las ale­grías dadas, por ejem­plo.
   Toda la fe­li­ci­dad po­si­ble –o toda la que im­por­ta– de­pen­de de un re­sul­ta­do y se parte y re­par­te en ese podio. No podés ser loser y feliz, te pre­vie­nen desde esa ma­yo­ría. Y no dis­tin­guen entre un loser y un out­si­der por­que no con­ci­ben que al­guien pueda no jugar a ese juego.
   Antes que eso, dirán que la “elec­ción” con­tra­cul­tu­ral del Trin­che es una ra­cio­na­li­za­ción, como la de la zorra cuan­do no al­can­za las uvas y se aleja di­cien­do “Están ver­des”. O le in­ven­ta­rán vi­cios (to­ma­ba, era mu­je­rie­go, lo per­día la pesca) para ex­pli­car su fra­ca­so sin des­men­tir su ta­len­to. Cual­quier cosa, menos acep­tar que la suya es una de­ci­sión po­si­ble y res­pe­ta­ble, en vez de un error que no debe cun­dir.
   Si acep­ta­mos su elec­ción, la meta del Trin­che era lú­di­ca y ago­nal, pero no pro­fe­sio­nal. La am­bi­ción que tenía den­tro de la can­cha (“No me gusta per­der a nada”) no la tenía afue­ra con su ca­rre­ra. Jugó poco y nada a ese juego; más que una ca­rre­ra, tuvo un his­to­rial de clu­bes, no ne­ce­sa­ria­men­te uno mejor que el otro.
   El otro juego, el fút­bol, podía tener efec­tos de po­pu­la­ri­dad, si­quie­ra local (“Esta noche juega el Trin­che”, se co­rría la voz), pero no era un medio para lo­grar­los. Era un fin en sí mismo: “Yo lle­gué a donde yo que­ría lle­gar; mi meta era jugar al fút­bol”; “yo no tuve otra am­bi­ción más que la de jugar al fút­bol”, había dicho el Trin­che.
   “Él se di­ver­tía; o sea, él no que­ría ese com­pro­mi­so o esa pre­sión”, había dicho Ki­ller; “la de­ci­sión per­so­nal es­ta­ba in­cli­na­da a dis­fru­tar esa ma­ne­ra de jugar”, había dicho Pe­ker­man. Más que jugar al fút­bol, la meta y am­bi­ción del Trin­che era di­ver­tir­se ju­gan­do bien al fút­bol, pero ju­gan­do en serio, a ganar:

   Más allá de que le ale­gra­ra ganar y lo amar­ga­ra per­der, jugar hacía feliz al Trin­che. Su fe­li­ci­dad no de­pen­día de un re­sul­ta­do, sino de una ac­ción. Por eso las per­dió jun­tas; y por eso fan­ta­seó con ese pacto fáus­ti­co de los úl­ti­mos 45 mi­nu­tos de vida ju­gan­do, o sea, ejer­cien­do el pla­cer; y por eso fan­ta­seó tam­bién –en la res­pues­ta a una pre­gun­ta in­sis­ten­te– con esa re­pe­ti­ción de toda su vida; y por eso mien­tras pudo jugó mucho:

   Cuan­do ya no pudo jugar, al menos pudo li­mi­tar­se a la­men­tar que no hu­bie­ra du­ra­do más y a soñar que vol­vía a po­ner­se los cor­tos. O sea, al menos no tuvo que arre­pen­tir­se de haber des­apro­ve­cha­do el tiem­po, que en­san­chó todo lo que pudo. Ese es el des­per­di­cio que im­por­ta acá, y el Trin­che no lo co­me­tió ni se lo hu­bie­ra per­do­na­do, sim­ple­men­te por­que era lo que más va­lo­ra­ba, lo que más que­ría y quiso, a di­fe­ren­cia de ha­cer­se rico, fa­mo­so y exi­to­so/triun­fa­dor.
   Pero ex com­pa­ñe­ros, hin­chas me­mo­rio­sos y ex fut­bo­lis­tas exi­to­sos/triun­fa­do­res, fa­mo­sos y ricos (o de buen pasar) si­guie­ron ha­blan­do de su juego enor­me años des­pués de haber ter­mi­na­do su mo­des­ta ca­rre­ra. Como quien da tes­ti­mo­nio de haber sido tes­ti­go y de­lec­ta­dor de algo ex­tra­or­di­na­rio. Y en­ton­ces el Trin­che, que co­rría de boca en boca, tras­cen­dió hecho le­yen­da; llegó más lejos que la ma­yo­ría de sus con­tem­po­rá­neos pro­fe­sio­na­les de la A, de los que ya no se habla; triun­fó en di­fe­ri­do más allá de Ro­sa­rio:

fh (2007), I.​Robinson (2011), Se dice del Trin­che (2017)

   Para Darío Gran­di­net­ti, el Trin­che no de­be­ría tener nin­gu­na es­pi­na cla­va­da por­que “en cual­quier caso, ha de­ja­do mucho”. Para Mar­ce­lo Le­wan­dows­ki, la tras­cen­den­cia in­ter­na­cio­nal de su ta­len­to y la vi­gen­cia y cre­ci­mien­to de su fama son “un éxito en la vida”.
   Pa­re­cen estar dán­do­le al Trin­che ra­zo­nes para no arre­pen­tir­se de no haber pro­gre­sa­do y para no creer­se un fra­ca­sa­do. Él no las pidió ni las ne­ce­si­ta; en reali­dad son para con­ven­cer a los crí­ti­cos o es­cép­ti­cos de su de­ci­sión de ser feliz sin am­bi­cio­nar nada de eso, tan sólo ju­gan­do en una can­cha y es­tan­do cerca de los ami­gos y el ba­rrio.

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