La jaula



Chiste de Quino. En una nave espacial, los extraterrestres tienen encerrados en una jaula enorme un avión con todo su pasaje y su tripulaciónQuino, Bien, gra­cias, ¿y usted? (1976)

1.

   Este es el quin­to y úl­ti­mo en­sa­yo na­ci­do de un des­pren­di­mien­to de “En­tu­sias­mos XV (El planeta de los deseos)”, que lo tenía en su sub­sec­ción 4.5 La jaula de oro y que hoy son las sec­cio­nes 2, 3, 4 y par­tes de la 5 del en­sa­yo que estás le­yen­do.
   En la mu­dan­za man­tu­ve las pocas com­pa­ra­cio­nes que había hecho con el cau­ti­ve­rio de los hu­ma­nos en “I, Mudd” (Star Trek, T2E12, 1967), in­su­fi­cien­tes para jus­ti­fi­car que los mu­chos co­men­ta­rios sobre el epi­so­dio 0 de la serie si­guie­ran ahí. Ca­ye­ron por su pro­pio peso o se in­de­pen­di­za­ron, elige tu pro­pia aven­tu­ra me­ta­fó­ri­ca.
   Luego de la in­de­pen­den­cia, una sec­ción agre­ga­da como epí­lo­go, la 6, ex­ten­dió las com­pa­ra­cio­nes a los otros dos en­sa­yos de la saga –las otras dos ramas del árbol aniver­sa­rio– que ha­blan sobre re­la­tos mí­ti­cos o de cien­cia fic­ción.
   En estos cua­tro re­la­tos (in­clu­yen­do el que ve­re­mos acá), lo hu­mano se des­lin­da en sus fron­te­ras su­pe­rio­res con lo an­droi­de, lo hu­ma­noi­de y lo di­vino, como si hu­ye­ra para ade­lan­te de su fron­te­ra in­fe­rior con lo ani­mal y lo sal­va­je.

2.

   El epi­so­dio 0 –el pri­mer pi­lo­to– de Star Trek, ter­mi­na­do y re­cha­za­do en 1965 y emi­ti­do re­cién en 1988, se ti­tu­la “La jaula” (“The Cage”). Esta vez el tí­tu­lo la­tino no quedó tan lejos del ori­gi­nal, ni en cual­quier di­rec­ción: en la his­to­ria, los hu­ma­nos su­fren cau­ti­ve­rio en una jaula –fun­ción de en­cie­rro– que es una caja –dis­po­si­ti­vo de en­cie­rro–, en el zoo­ló­gi­co que fun­cio­na en el sub­sue­lo del pla­ne­ta Talos IV. La jaula es el en­cie­rro por an­to­no­ma­sia; de ahí que se la haya ele­gi­do para la me­tá­fo­ra de una jaula de oro.
   Los ta­lo­sia­nos viven de­ba­jo de la su­per­fi­cie, que está des­ha­bi­ta­da. Son hu­ma­noi­des ma­cro­cé­fa­los y te­le­pá­ti­cos, que tie­nen el poder de leer­te los pen­sa­mien­tos y ge­ne­rar­te ilu­sio­nes in­des­en­mas­ca­ra­bles (tres su­fi­jos se­gui­dos son mu­chos). Para ma­ni­pu­lar­te o con­du­cir­te, pue­den lle­gar a lo más re­cón­di­to de tu in­ti­mi­dad, a tus mie­dos y fan­ta­sías más pro­fun­dos o más ta­pa­dos.
   Los ta­lo­sia­nos hacen la si­guien­te ofer­ta, que con­si­de­ran ge­ne­ro­sí­si­ma, a 1 Adán y 2 ó 3 Evas (el ca­pi­tán Christo­pher Pike, una asis­ten­te, la pri­me­ra ofi­cial –o “Nú­me­ro 1”–, y Vina, la única so­bre­vi­vien­te de una nave que se es­tre­lló ahí hace 18 años):

   Re­pa­se­mos el plan, que es la pro­pues­ta pa­ri­ta­ria de un amo a un es­cla­vo: “con la mujer de su elec­ción, lle­va­rán ahora una vida guia­da” por los ta­lo­sia­nos para “evo­lu­cio­nar­los en una so­cie­dad en­tre­na­da para ser­vir como ar­te­sa­nos y téc­ni­cos”.
   De la ex­plo­ta­ción cir­cen­se del oso de Moris en el ne­go­cio del en­tre­te­ni­mien­to a la ex­plo­ta­ción ta­lo­sia­na de hu­ma­nos en­tre­na­dos/pro­gra­ma­dos para la pro­duc­ción no in­dus­trial de bie­nes y ser­vi­cios. Lás­ti­ma que per­te­nez­can a his­to­rias di­fe­ren­tes, por­que son ex­plo­ta­cio­nes com­ple­men­ta­rias.
   Ni bien el único Adán le pro­me­te al ta­lo­siano que se que­da­rá ahí con la Eva Vina si li­be­ra a las otras dos, una de ellas –la Eva “Nú­me­ro 1”– ame­na­za con hacer volar todo, mien­tras le res­pon­de al cap­tor: “Está mal crear una raza de hu­ma­nos para vivir como es­cla­vos”.
   Reac­ción a dos ban­das: con­tra el in­mi­nen­te cau­san­te de per­der a su desea­do ca­pi­tán Pike, ca­be­za del En­ter­pri­se, y con­tra el fu­tu­ro o even­tual es­cla­vi­za­dor de hu­ma­nos. Sin ser falso o in­sin­ce­ro, el se­gun­do mo­ti­vo de la reac­ción tapa al pri­me­ro, que la sus­ci­tó (in­sis­to: la Nú­me­ro 1 no hace y dice lo suyo des­pués de lo que dice el es­cla­vis­ta re­pro­cha­do, sino de lo que dice Pike).
   Como no es de ex­tra­ñar, el ta­lo­siano reac­cio­na a la po­si­bi­li­dad en curso de una ex­plo­sión enor­me, no a la frase de su au­to­ra, que ig­no­ró. Pudo no ha­ber­la re­te­ni­do, o ni si­quie­ra es­cu­cha­do bien, en parte por­que es­ta­ba aten­to a la pe­li­gro­sa acu­mu­la­ción de ener­gía y en parte por­que él cree algo muy dis­tin­to, como nos en­te­ra­mos a los 55'34'', en pleno desen­la­ce de la his­to­ria:

3.

   En “I, Mudd”, a Nor­man no le asom­bra la re­sis­ten­cia hu­ma­na al cau­ti­ve­rio; es ló­gi­ca, por lo que de­be­ría acep­tar­la en vez de prohi­bir­la (es su con­tra­dic­ción prin­ci­pal). Den­tro de la misma ló­gi­ca, a Alice 118 le asom­bra que Che­kov y Uhula ce­le­bren su cau­ti­ve­rio con un baile.
   En cam­bio, el ta­lo­siano se asom­bra del odio al cau­ti­ve­rio pla­cen­te­ro y be­ne­vo­len­te que acaba de in­fe­rir de “las cos­tum­bres, la his­to­ria de su raza” trans­fe­ri­das te­le­pá­ti­ca­men­te. El odio a la jaula de oro lo asom­bra hasta la in­cre­du­li­dad: “No creí­mos que eso fuera po­si­ble”, dice con sin­ce­ra de­cep­ción amo­cén­tri­ca.
   Tan de oro le pa­re­ce la jaula que les ofre­ce a los hu­ma­nos, que le re­sul­ta in­creí­ble que se la re­cha­cen. Quien no co­no­ce la do­ra­dí­si­ma jaula ofre­ci­da por los an­droi­des de “I, Mudd”, a cual­quier santo le reza.
   Como sea, hay una dis­tan­cia enor­me entre la ganga que los cap­to­res ta­lo­sia­nos creen estar ofre­cien­do y la exor­bi­tan­cia que los cau­ti­vos hu­ma­nos no quie­ren tener que pagar. Por­que ni si­quie­ra sería por algo que hayan ele­gi­do o que deseen, como al menos pue­den hacer los cau­ti­vos de los an­droi­des en, pre­ci­sa­men­te, “El pla­ne­ta de los de­seos” cum­pli­dos.
   Los cap­to­res an­droi­des de “I, Mudd” hacen de ge­nios cum­pli­do­res de de­seos. Los cap­to­res ta­lo­sia­nos hacen de cria­do­res de razas de hu­ma­nos que sir­van de es­cla­vos, como los hu­ma­nos reales crían razas de pe­rros para dis­tin­tos ser­vi­cios (caza, pas­to­reo, cus­to­dia, com­pa­ñía, etc.).

4.

   Para los ta­lo­sia­nos, el colmo de ese odio es que los odian­tes pre­fie­ren la muer­te a un cau­ti­ve­rio, aun­que sea uno pa­ra­di­sía­co (como la so­cie­dad de ar­te­sa­nos y téc­ni­cos ofre­ci­da, dijo nunca nadie hu­mano).
   Entre los ar­chi­vos asi­mi­la­dos por esa ca­be­za ve­no­sa, bien pudo haber con­sig­nas como «Ελευθερία ή θάνα­τος» ("Li­bertad o muer­te", ac­tual lema na­cio­nal de Gre­cia, usado desde 1821), o como ♪♫ Morir antes que es­cla­vos vivir ♫♪ (José Ig­na­cio de San­ji­nés, himno na­cio­nal de Bo­li­via, 1851). Y sería un pro­di­gio pre­dic­ti­vo que hu­bie­ra con­sig­nas pos­te­rio­res a 1965, año de pro­duc­ción de “The Cage”, pero al re­la­to no le afec­ta­ría que hu­bie­ra; al con­tra­rio: lo ve­ro­si­mi­li­za­ría, ya que desde ese fu­tu­ro le­jano pue­den ser casi igual de re­mo­tas las con­sig­nas del siglo XIX y las del XX, como ♪♫ Pa­tria libre, ¡ven­cer o morir! ♫♪ (Car­los Mejía Godoy, himno del FSLN, 1979).
   Como sea, re­sis­tir dis­pues­tos a morir com­ba­tien­do el cau­ti­ve­rio hace a los hu­ma­nos de­ma­sia­do vio­len­tos para lo que ne­ce­si­tan los hu­ma­noi­des, aun si lo ne­ce­si­tan para no ex­tin­guir­se: “Su in­con­ve­nien­cia ha con­de­na­do a la raza ta­lo­sia­na a una muer­te even­tual; ¿no le pa­re­ce su­fi­cien­te?”. La in­ter­pe­la­ción es al ca­pi­tán Pike; la re­cri­mi­na­ción es en res­pues­ta a su exi­gen­cia de dis­cul­pas por el cau­ti­ve­rio su­fri­do.
   Desde la mi­ra­da ta­lo­sia­na, en vez de agra­de­cer el sello ITS (Inú­til Todo Ser­vi­cio) y mar­char­se, Pike tuvo el tupé de exi­gir dis­cul­pas. En­ci­ma que fa­lla­mos en do­mar­los –algo que nos puede cos­tar la vida–, te­ne­mos que pe­dir­les per­dón por los re­ben­ca­zos dados.
   Ade­más, si Pike ne­ce­si­ta­ba tanto unas dis­cul­pas, ¿por qué no las pasó a bus­car antes del in­ten­to de fuga que acaba de fra­ca­sar y de de­jar­lo en esa ne­go­cia­ción, pis­to­la en mano? (Con el dia­rio del lunes, el in­ten­to acaba de pau­sar su éxito, que su­ce­de­rá con la fuga con­ver­ti­da en –o re­em­pla­za­da por– una des­pe­di­da amis­to­sa.)
   Como la mas­co­ta de­ma­sia­do aris­ca no les sirve por­que no los sirve, los ta­lo­sia­nos la li­be­ran. La in­con­ve­nien­cia por –otro sello– EX­CE­SO EN IN­SU­MI­SIÓN causa la li­be­ra­ción de Pike y las dos Evas tri­pu­lan­tes, y tam­bién causa la con­de­na even­tual de nues­tra “raza” hu­ma­noi­de, ya que usted, ca­pi­tán, “era nues­tra es­pe­ran­za”, por­que “nin­gún otro es­pé­ci­men ha de­mos­tra­do [tener] su adap­ta­bi­li­dad”. Justo que con­se­gui­mos uno, se niega a ser nues­tro es­cla­vo ex­pe­ri­men­tal.

5.

   El adap­ta­ble pero inusa­ble Pike no en­tien­de por qué, en vez de re­cu­rrir a la su­mi­sión, los ta­lo­sia­nos no re­cu­rrie­ron a “algún in­ter­cam­bio o coope­ra­ción mutua”. Si Pike me lo hu­bie­ra pre­gun­ta­do a mí, le ha­bría dicho que para eso los ta­lo­sia­nos de­be­rían sen­tir­se igua­les que los hu­ma­nos, en vez de su­pe­rio­res.
   No sor­pren­de: son cria­do­res de es­cla­vos; ¿cómo no van a ver a sus crías de di­se­ño como in­fe­rio­res? Sal­van­do las dis­tan­cias ne­ce­sa­rias, es como ven los hu­ma­nos a sus ani­ma­les do­més­ti­cos y uti­li­ta­rios (dis­tan­cia menor o nula) o de com­pa­ñía (dis­tan­cia mayor), por mucho que los quie­ran.
    –Cuan­to más los quie­ran, más fuer­te será la ilu­sión de igual­dad, de her­man­dad, de di­so­lu­ción de la di­fe­ren­cia amo/dueño y mas­co­ta.
    ~Boby es uno más de la fa­mi­lia.
    –¿A qué miem­bro hu­mano de la fa­mi­lia de­ja­rían en la casa al cui­da­do de al­guien mien­tras todos los demás se van de va­ca­cio­nes?
    ~Pero mirá la cria­tu­ra cómo lo la­men­ta y todo lo que lo ex­tra­ña­rá en la playa. Eso es amor.
    –Amor ver­ti­cal, des­cen­den­te. El in­con­di­cio­nal Boby, que al re­gre­so les hará una fies­ta en vez de re­pro­char­les el aban­dono tem­po­ral, no tiene los mis­mos de­re­chos que los hu­ma­nos de la fa­mi­lia, que de­ci­den sobre su vida. Y en­ci­ma que lo dejan le piden que cuide todos los ju­gue­tes y que no se porte mal.
    ~Hay un poco de pen­sa­mien­to en tu su­cep­ti­bi­li­dad. Le dice algo tierno a su “pe­rri­to amigo”.
    –Eso no se lo diría a un her­ma­ni­to, al mar­gen de que nin­gún hu­ma­ni­to se que­da­ría solo en la casa 1 mes o medio y sería vi­si­ta­do por un co­no­ci­do (o no) unas horas por día y, de tener suer­te (o no), con­vi­vi­ría con al­guien que se ha­bría ins­ta­la­do en la casa para ali­men­tar­lo y sa­car­lo a pa­sear, so­cia­li­zar y hacer sus ne­ce­si­da­des.
    ~Ne­go­cie­mos, Inodo­ro: Boby es como uno más de la fa­mi­lia.
    –Las apa­rien­cias en­ga­ñan.
   Pero la pre­gun­ta Pike no me la hizo a mí, y la res­pues­ta que real­men­te re­ci­bió (“Su raza apren­de­ría nues­tro poder de ilu­sión, y se des­trui­ría tam­bién”) vuel­ve al tó­pi­co de la au­to­des­truc­ti­vi­dad in­vo­ca­da en “I, Mudd” por Nor­man para en­ce­rrar bajo su cui­da­do pa­ter­na­lis­ta a los hu­ma­nos (“Su es­pe­cie es au­to­des­truc­ti­va, y por eso ne­ce­si­ta nues­tra ayuda”).
    –Es por tu bien que te es­cla­vi­za­mos, que te im­po­ne­mos cómo vas a tran­si­tar tu exis­ten­cia, en vez de ofre­cér­te­lo y ne­go­ciar. Si no lo hi­cié­ra­mos, si te igua­la­ras a no­so­tros ha­bien­do apren­di­do nues­tro poder de ilu­sión (como Eva y Adán a Dios, ha­bien­do co­mi­do el fruto del dis­cer­ni­mien­to moral que les dio Su vi­sión), te des­trui­rías.
    ~Gra­cias por tanto, per­dón por tan poco.
   Los ta­lo­sia­nos pre­fie­ren morir (even­tual­men­te) antes que co­rrer el ries­go de que los hu­ma­nos se au­to­des­tru­yan; pre­fie­ren per­der­los ahora a, even­tual­men­te, per­der­los más tarde. Al­guien podrá decir que no ve fa­llos en su ló­gi­ca; no tengo ese pla­cer sobre este punto, aun­que sí sobre el que sigue.
   A esa al­tu­ra de su es­ta­día en Talos IV, Pike co­no­ce muy bien la fuer­za y la efi­ca­cia de ese “poder de ilu­sión”. El ta­lo­siano cree que si los hu­ma­nos dis­pu­sie­ran de un arma así, no se pri­va­rían de usar­la (Si no la uso yo, va a usar­la pri­me­ro mi enemi­go) ni si­quie­ra pre­vien­do sus con­se­cuen­cias, a saber: una ca­rre­ra ar­ma­men­tis­ta (como la que había en 1965 y desde hacía 20 años) que los lle­va­ría a des­truir­se (como ya se temía en 1965 y se teme hoy con la IA, que puede ser una gran ilu­sio­nis­ta).
   El ojo del amo en­gor­da el ga­na­do, o al menos evita que las reses se maten entre sí, o sea, que pasen de ganar unas sí y otras no, a per­der todas (como en el di­bu­jo de Quino del pue­blo di­vi­di­do que será ven­ci­do por sí mismo, sin que lo de­vo­ren los de afue­ra: au­to­ani­qui­la­do).
   Re­pa­se­mos, sim­pli­fi­ca­dos, los re­que­ri­mien­tos y los re­cur­sos de los ta­lo­sia­nos: ne­ce­si­dad vital de con­tar con hu­ma­nos so­me­ti­dos y poder de ilu­sión in­dis­cer­ni­ble de la reali­dad. Trein­ta y cua­tro años des­pués, los mis­mos re­que­ri­mien­tos para exis­tir y re­cur­sos para lo­grar­lo tiene la Ma­trix, que se vende como otra jaula de oro (la píl­do­ra azul te man­tie­ne en la ig­no­ran­cia feliz, cre­yen­do lo que quie­ras creer)

y se paga fun­cio­nan­do de pila hu­ma­na para la IA, que es la ver­dad que está al fondo de la ma­dri­gue­ra. “Con la roja te que­das en el País de las Ma­ra­vi­llas y te mos­tra­ré a dónde llega el agu­je­ro del co­ne­jo”, le dijo Mor­feo a Neo a los 29:12 mi­nu­tos de la pe­lí­cu­la; la pro­me­sa se la cum­ple poco des­pués, desde el mi­nu­to 39:25:

6. Epí­lo­go

   Por ser el úl­ti­mo de la saga, a este en­sa­yo le toca hacer el un cie­rre. El que en­con­tré sigue el ras­tro de un con­cep­to re­cu­rren­te en cua­tro de estos en­sa­yos: el con­trol.
   En “I, Mudd” (o “El pla­ne­ta de los de­seos”), Alice 99 les dice a los hu­ma­nos cau­ti­vos: “Sus ins­tin­tos agre­si­vos y de ex­plo­ta­ción cae­rán bajo nues­tro con­trol”. Y re­ma­ta Nor­man, que es el “cen­tro de con­trol” de los an­droi­des cap­to­res: “Una vez que los sir­va­mos es­ta­rán muy fe­li­ces... y con­tro­la­dos”.
   La ofer­ta de cum­plir­nos los de­seos es la mejor de las que tie­nen quie­nes quie­ren te­ner­nos con­tro­la­dos. Sin ir más lejos, en “The Cage” (o “La jaula”), los ta­lo­sia­nos no se pro­po­nen ser­vir a los hu­ma­nos, sino ser­vir­se de ellos para “cam­biar la su­per­fi­cie” in­hós­pi­ta del pla­ne­ta.
   Para con­tro­lar­los los en­ga­ñan con es­pe­jis­mos in­sos­pe­cha­bles, como hace la IA de The Ma­trix (Lilly y Lana Wa­chows­ki, 1999), según le re­ve­la Mor­feo a Neo: “¿Qué es Ma­trix? Con­trol. Ma­trix es un mundo de sue­ños com­putarizado, hecho para te­ner­nos con­tro­la­dos.”
   Si Neo no cree en el des­tino “por­que no me gusta la idea de que no con­tro­lo mi vida”, tam­po­co le va a gus­tar ni va a acep­tar de pri­me­ra la no­ti­cia de que eso de con­tro­lar su vida es una ilu­sión: “Ma­trix es el mundo que han pues­to ante tus ojos para que no veas la ver­dad” de que “eres un es­cla­vo; igual que los demás, na­cis­te cau­ti­vo, na­cis­te en una pri­sión que no pue­des pro­bar, tocar ni oler, una pri­sión para tu mente”. Como Tru­man, Neo sufre la re­ve­la­ción brus­ca de que el mundo y todo lo que con­si­de­ra­ba real es una fic­ción (la pro­duc­ción de un reality o el sueño de una pila hu­ma­na).
   Si exis­te el des­tino, no exis­te la op­ción «Con­tro­lo mi vida» (salvo como ilu­sión) ni la op­ción «La con­tro­la otro» (salvo si es el autor del li­bre­to). Son op­cio­nes que exis­ten sólo si exis­te el libre al­be­drío, donde con­vi­ven la po­si­bi­li­dad de ser 'ar­tí­fi­ce de mi des­tino' y la de ser la mas­co­ta, el adorno vivo, el es­cla­vo, el desecho, o la co­mi­da de otro.
   Nor­mal­men­te se desea la pri­me­ra po­si­bi­li­dad y se temen las otras cinco, que son va­rie­da­des de falta de con­trol por de­ba­jo de la dig­ni­dad hu­ma­na, la que los DD.​HH. de­fi­nen y que Pike les re­pro­cha a los ta­lo­sia­nos no res­pe­tar (como bue­nos es­cla­vi­za­do­res que son).

   Tí­pi­ca­men­te, el temor con la IA, antes y ahora, es que la he­rra­mien­ta se vuel­va su­je­to, que cobre vida e ini­cia­ti­va y no sim­pa­ti­ce con no­so­tros, o sea: que se nos salga de con­trol y nos es­cla­vi­ce y/o eli­mi­ne. Si eso lle­ga­ra a pasar, ha­bría­mos crea­do nues­tra pro­pia com­pe­ten­cia, la pri­me­ra in­te­li­gen­cia que ri­va­li­za –con un éxito en ver­ti­gi­no­so cre­ci­mien­to– con la que hemos usado en la con­quis­ta del pla­ne­ta y en la crea­ción de esa pri­me­ra in­te­li­gen­cia su­pe­rior. Cría cuer­vos, que te arran­ca­rán los ojos, re­pe­ti­rían mu­chos, si eso lle­ga­ra a pasar o desde que em­pe­za­ran a verlo venir.
   Ese rival ar­ti­fi­cial in­ven­ci­ble no es algo que esté hecho en este mo­men­to, abril del 2024. Pero puede ser algo que se esté ha­cien­do ahora y que ya esté hecho en un fu­tu­ro re­la­ti­va­men­te cer­cano. ChatGPT ape­nas va a cum­plir 1 año y medio, y hoy la IA puede que se di­ri­ja a ser una ge­nui­na má­qui­na de pen­sar. ¿Cómo y por qué? Por­que, gra­cias al desa­rro­llo de los world mo­dels, está apren­dien­do a ima­gi­nar –o a algo cuyos efec­tos son in­dis­tin­gui­bles de los de ima­gi­nar. La ima­gi­na­ción siem­pre es­tu­vo al poder.
   El ori­gen y la ri­va­li­dad ar­ti­fi­cia­les están en el pa­sa­do en The Ma­trix: “en algún punto del siglo XXI... nos ma­ra­vi­lla­mos de nues­tra mag­ni­fi­cen­cia cuan­do pro­crea­mos la IA” (nues­tro pre­sen­te), que fue “un sin­gu­lar co­no­ci­mien­to que pro­du­jo toda una raza de má­qui­nas” (uno de nues­tros fu­tu­ros po­si­bles), con las que en un mo­men­to se pu­drió todo y desde en­ton­ces acá es­ta­mos, ti­ran­do para no aflo­jar (uno de los fu­tu­ros po­si­bles del an­te­rior: una con­ti­nua­ción –apo­ca­líp­ti­ca).

   En el diá­lo­go de Pla­tón Cri­tias o La Atlán­ti­da, los dio­ses con­tro­lan a los hu­ma­nos sin for­zar­los, sólo per­sua­dién­do­los. Ha­blan­do se do­mi­na a la gente:
«...imi­tan­do al pi­lo­to que con­du­ce la nave, y sir­vién­do­se de la per­sua­sión como de un timón para mover el alma a su gusto, di­ri­gie­ron y go­ber­na­ron así la raza toda de los mor­ta­les.»
   El mé­to­do fun­cio­na cuan­do los con­tro­les de qué hacer y de cómo reac­cio­nar (o de qué desear hacer o evi­tar, hacia qué in­cli­nar­se, para dónde ir) los tiene la razón. Cuan­do los tiene la emo­ción des­bo­ca­da y la hu­ma­ni­dad se vuel­ve im­per­sua­di­ble y de­ge­ne­ra, los dio­ses no cam­bian el timón ra­cio­nal por uno emo­cio­nal que les per­mi­ta se­guir di­ri­gien­do y go­ber­nan­do a los mor­ta­les. En vez de eso, lo re­suel­ven con un ex­ter­mi­nio ca­ta­clís­mi­co, como el que borró a la de­gra­da­da raza de los atlan­tes y, de yapa, a la va­le­ro­sa clase gue­rre­ra de los ate­nien­ses pri­mor­dia­les.
   El con­trol de los an­droi­des, de los ta­lo­sia­nos o de los dio­ses sobre los hu­ma­nos es ex­terno al yo, que es el an­ta­go­nis­ta con­tro­la­do; el con­trol de lo ra­cio­nal sobre lo irra­cio­nal –o al revés– es in­terno: el yo es el campo de ba­ta­lla de los an­ta­go­nis­tas. O es la nave que hay que mover, donde com­par­ten y se dispu­tan el timón lo ra­cio­nal y lo irra­cio­nal.
   Cual­quie­ra sea la me­tá­fo­ra con que lo des­cri­ba­mos, es el tipo de con­trol que vemos en “Yes­ter­year” (o “Re­torno al pa­sa­do”). Dos o tres re­fe­ren­cias pue­den al­can­zar para apo­yar lo su­fi­cien­te esta afir­ma­ción/apues­ta:
       1) Al niño Spock su yo adul­to, el primo Selek, le re­ve­la que “los vul­ca­nos sí te­ne­mos emo­cio­nes, sólo que no­so­tros las con­tro­la­mos”.
       2) El papá de Spock, Sarek, de­fi­ne lo que ofre­ce la fi­lo­so­fía vul­ca­na a la que as­pi­ran su hijo pe­que­ño y una am­plia co­rrien­te hu­ma­na: “con­trol y orden ló­gi­cos, en lugar de bajas pa­sio­nes y el ins­tin­to”.
       3) Como el con­trol sobre sí des­pla­za al con­trol sobre otros, “nada de gue­rras ni crí­me­nes”.
   Las va­rie­da­des an­tro­po­mór­fi­cas son or­de­na­bles, por ejem­plo, según cuán­to peso ten­gan sus emo­cio­nes: bajo, en estos hu­ma­noi­des que siem­pre las con­tro­lan; alto, en los hu­ma­nos, que sólo a veces las con­tro­lan; nulo, en los an­droi­des, que no tie­nen emo­cio­nes que con­tro­lar (como son pura ló­gi­ca, los an­droi­des se con­tro­lan con “ab­sur­do, lo­cu­ra, irra­cio­na­li­dad, ilo­gi­ci­dad”).

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